martes, 25 de octubre de 2011

Churrinche (Paola Delbosco)



CHURRINCHE

Churrinche.  Parece un grito. Quizás lo sea. Un grito rojo. No sé de dónde me vino esta manía de mirar pájaros, pero ya no me deja; no hay lugar donde vaya que no me despierte la curiosidad de ver qué pájaros encontraré. Cada encuentro es la confirmación perentoria de que no puedo ser otra cosa que realista: el churrinche se me impone con su presencia, su color, su sabia exhibición. Está ahí, no lo inventé, porque no se me hubiera ocurrido algo así. Podría decir, como Sartre, que su existencia está de más, pero no lo diría para dar a  entender que es absurda, sino todo lo contrario: su existencia está de más porque me habla desde la abundancia de sentido. No era necesario hacer también un pájaro rojo sangre, que dice suavemente “churrín churrín”, confirmando amablemente su nombre, no era para nada necesario. Pero está ahí, se deja descubrir, se muestra, me convence de que su estar de más es, como diría Marechal, un llamado. El churrinche me trae el llamado de Quien es fuente de toda abundancia, por eso ver a ese diminuto pajarito rojo me alegra y me emociona. Me alegra estar en su presencia y sentir frente a él “la atención pura sin mezcla” de la que habla Simone Weil, atención pura que es oración; me emociona comprender su llamado y responder desde el silencio de la contemplación. Hasta el tiempo deja de fluir en ese momento sagrado en que el churrinche me trae el mensaje desde el centro de la creación. Su belleza simple y compacta, como una fecha certera, rompe toda resistencia: el churrinche está ahí, existe, y no era necesario. Alguien me lo envió – lenguaje secreto- para aliviar mi soledad. 

Paola Delbosco  

lunes, 24 de octubre de 2011

Chumbar (Martín Susnik)

Martín Palermo “Impact art” para UNICEF



Chumbar es uno de esos vocablos onomatopéyicos que han alcanzado el rango de verbos. Entre sus particularidades podemos mencionar su carácter equívoco: expresa la acción de un can que ladra amenazante o bien la de su dueño que azuza al perro para que ataque, pero también la de disparar con bala. Y más allá de estos significados, rastreables en diccionarios, permítaseme hacer referencia a otro que me resulta particularmente cercano. Su origen es deportivo, más específicamente futbolístico: en el ámbito del balompié, chumbar hace referencia al carácter fuerte de la patada con la que el jugador impacta la pelota en dirección al arco rival. No se aplica a un pelotazo fuerte en busca de algún compañero lejano o destinado a la tribuna, hábito éste de los jugadores rústicos que procuran salir de una situación presurosa. Chumbar se chumba sólo al arco, con la evidente finalidad de que al guardametas del equipo contrario no le alcance con su pericia para impedir la concreción del tanto.

El término es aprendido por los infantes que practican este deporte en los años cercanos a su pubertad. Como bien saben los dedicados a la psicología del desarrollo, alrededor de los diez años de edad los niños son capaces de hacer de un deporte de equipo algo interesante. Un partido de fútbol con críos que apenas han apagado cinco o seis velitas es mayormente, al menos desde el punto de vista táctico y estratégico, algo simpático si se quiere, pero más cercano a lo cómico que a lo deportivo. Cerca de los diez, en cambio, el niño comienza a comprender que no hay ninguna necesidad ni ventaja en que corran todos atrás de la pelota todo el tiempo y que es mejor distribuirse en posiciones y roles funcionales diversos. Pues bien, a esta edad, el púber alcanza también habilidades psicomotrices que, en lo deportivo, lo asemejan al adulto. De repente aparece la gambeta elegante, la torcedura de cintura, los engañosos amagues... y naturalmente también el remate potente: el chumbazo.

La situación, sin embargo, puede tornarse angustiante en cierta medida, pues no todos se desarrollan a la par, por lo cual es fácil observar que en un mismo cotejo algunos hacen gala de su madurez, mientras que otros no pueden superar aún los rasgos infantiles de la etapa anterior. Súmese a esta injusticia evolutiva el hecho habitual de que el arco esté ocupado por niños que no tienen verdadera vocación para ello y que han sido condenados a esa función por crueles razones o por designación de turno, debido a lo cual ocupan su puesto de mala gana y a veces incluso con temor. Resultará comprensible, teniendo en cuenta estos puntos, que en algunas ocasiones los jugadores, sobre todo en  las confrontaciones amistosas y con el fin de mitigar estas situaciones adversas, se pongan de acuerdo en la siguiente normativa: “no vale chumbar”.

El acatamiento a esta norma no deja de ser llamativo: alguien que podría obtener una ventaja reglamentaria en beneficio del resultado, voluntariamente acepta el mencionado acuerdo para favorecer una prioridad que permita un juego más interesante y más entretenido para todos. El imperativo del triunfo parece quedar entonces sublimado a lo lúdico y lo más importante no es ganar sin más.

Llegados a este punto todos estaremos tentados de caer en lugares comunes: “lo importante no es ganar, sino competir...” y esas cosas. Los que me conocen saben, sin embargo, que no puedo coincidir con esa cursilería deportiva. Cuando uno compite lo hace para triunfar y no veo en ello nada negativo. Esto no quiere decir que la competencia carezca de sentido si no se obtiene la victoria, no se mal entienda. Pero tampoco entiendo por qué razón habría de ser importante competir si no lo fuera también el resultado. Por el contrario, el desinterés por el triunfo parece empobrecer notoriamente el desempeño y pocas cosas me exasperan tanto como un compañero de equipo al que no le importe ganar o perder.

Pero hay algo que me resulta aún más exasperante: cuando el objetivo del triunfo desvirtúa la competencia. He aquí la tentación y el gran peligro. El recurso fraudulento, el dolor simulado, la protesta afectada, la violencia convertida en método, el “arreglo” ilícito... los que chumban cuando nos habíamos puesto de acuerdo en que eso no valía. La lista es tristemente interminable...

Desde este rincón de mi campo de juego nace mi humildísimo homenaje a los que me ganaron (lo cual sucedió incontables veces) y lo hicieron en buena ley. Con ellos aprendí a perder, lo cual no es fácil, y aprendí también a ganar, lo cual tal vez sea más difícil. A los que me enseñaron que no es caballeroso creer que “vale todo”, pero que “dejar todo” es de caballeros. A los que me aleccionaron en competir para ganar, siempre y cuando se gane compitiendo. A los que comprenden que cualquier picadito con amigos es la final del mundo y que la final del mundo debería ser, en el fondo, nada más un picadito con amigos.



Martín Susnik

Chuleta (Marisa Mosto)

Roma Geber, Recordando que hay un tiempo, óleo sobre tela, 50x40, 2001



“…que toda nuestra tranquilidad sobre ciertos puntos de nuestras investigaciones no es otra cosa que una resignación meditabunda, y que nos detenemos en bosquejar deslumbradoras perspectivas  y figuras abigarradas en los muros que nos aprisionan"… (Goethe, Werther)



Dicen que la gente de Königsberg ponía su reloj todos los días a las siete cuando veían  al profesor Kant salir a pasear delante de sus casas. Eso es al menos lo que se cuenta. Y si de poner en hora relojes se trata, yo también puedo aportar  mis recuerdos. No ya de Königsberg sino de San Nicolás. De adolescente solía pasar temporadas en San Nicolás en casa de una amiga. Ana vivía  allí con sus padres, abuelos, tíos y primos en una de esas casas «chorizo» de provincia. Se entraba a la casa pasando por un amplio  zaguán que comunicaba a un patio con piso damero y techo vitral al que daban las habitaciones, una puerta enfrentada a la del zaguán  abría a un pasillo y éste a un nuevo patio, nuevas habitaciones y así se sucedían las casas de tres familias en hilera.

Bueno pues, todos los mediodías a las 12 en punto, de hallarse usted en el segundo patio asistiría a un encuentro impostergable: el del olor de unas chuletas que se cocinaban en la plancha de la cocina cuya  puerta de alambre tejido permitía que se esparciera por todo el aire del lugar,  y los pasos del abuelo de Ana que venía arrastrando sus pies por el pasillo.

A las doce en punto, no a las  doce y cinco ni a las menos diez, la conjunción se producía a las doce en punto. De modo que la palabra «chuleta» me trae ese recuerdo adolescente del arrastrar los pasos a las 12 del mediodía. (Mi chuleta entonces cumple en este relato una función  similar a la madelaine de Proust aunque, convengamos, sin ser yo tan buena narradora ni ella tan coqueta.)

 Junto con el recuerdo del olor a carne que se cocina en su propia grasa, el sonido cansino de los pasos que se arrastran a través  del pasillo y  el patio iluminado por el sol del mediodía,  me llega también un sentimiento de opresión. Y es que la vida del abuelo de Ana se empezaba a asemejar al eterno retorno de Nietzsche, del cual el momento de la chuleta era uno de sus instantes cumbres. El instante de la sombra más corta. Todos los días eran la repetición del mismo día. La vida se desenvolvía en un escenario absolutamente reconocible, se podía transitar por ella sin novedades, sin sobresaltos y principalmente con gran seguridad, sin la necesidad de ejercer ninguna rara o molesta iniciativa. Se sabía cómo empezaba y acababa todo. Un universo a medida de su habitante, sin sorpresas, cálido, acolchonado.  Todo estaba bajo control si llegaba a tiempo el olor de la chuleta. Algo semejante al  mundo por el que circulaba Kant, estructurado por sus formas a priori que lo ubicaban en su paseo por las calles de Königsberg a las 7 en punto.  No me refiero entonces a una seguridad material cuyo símbolo podría ser la chuleta, sino a una «seguridad» espiritual que pretende que la realidad se reduce a nuestras pobres definiciones.

¿Qué habrá afuera, del otro lado, más allá del zaguán?  ¿No  vivimos todos  de algún modo en nuestras casas chorizos? ¿Cuáles son las chuletas que nos hacen recorrer obstinadamente, una y otra vez, los mismos angostos  pasillos?


 Marisa Mosto


domingo, 23 de octubre de 2011

Chucherías (Mateo Belgrano)




Quizá sea como dar un paso al pasado. Poco más o menos. Me acuerdo que fue un Jueves Santo, y el cielo lloraba a mares. Yo lloraba a mares, bajo la cúpula de ocho aguas. Pero esa es otra historia. O quizá sea la misma.

Y así me lancé al túnel de tiempo, a ese laberinto de techo ondulado, que almacena el recuerdo de lo que el hombre ya no quiso. Mercado de las pulgas del alma, hay un refugio para los perdidos que desean verse con el misterio, con historias encarnadas en bujías, telares, papel y quién sabe en qué otros objetos. La lluvia pega en la chapa, como para que no olvidemos que el mundo sigue allá afuera.

Un coro de muñecas de porcelana cuchichea en el atrio de una radio Catedral afónica que grita goles de otros tiempos. Pulseras hippies, libros usados. Literatura polaca, poesía de Mozambique, Libros de cocina húngara, páginas que nos ayudan a ayudar a otros para ayudarnos a nosotros. Mircro y Macroeconomía en 5 pasos y una edición extravagante del Martín Fierro. Lámparas de los 60, sillones de los 70, alfombras de los 80 y un living para todas las edades. Los autitos de papá. Una máquina de escribir Remington que nunca tecleó un poema. Tocadiscos, vinilos a montón, botellas, un poster que anuncia la Ópera Tosca, sombreros sin cabeza, una foto de Gardel y una sonrisa. Y entre todo, una voz regateando la plata. Una búsqueda del tesoro, embarcada sin un mapa.

Pero de eso mismo se trata, una aventura sin cartografía, un laberinto sin guía, para ir degustando cada recoveco, explorar cada esquina, revolver cada uno de esos pasillos casi mágicos. Caminando con los ojos bien abiertos en busca de ese objeto perdido, para que nos cuente su historia y nos haga nuestro. Y así nos devuelva al mundo con unos pesitos menos y la nostalgia bajo el brazo.





Mateo Belgrano

sábado, 22 de octubre de 2011

Chucao (Lydia Zubizarreta)

Lydia Zubizarreta, Tramas-bosque en otoño, acuarela




            El chucao es un pájaro que se esconde, que le gusta lo oscuro de las sombras en el bosque.  Está siempre muy cerca del suelo, cuando vuela dibuja un arco entre una sombra y otra.  Un arco oscuro porque él también es oscuro.  Por toda luz tiene una mancha roja en el pecho y la garganta.  Vive preferentemente en los bosques de coihues, si en el bosque hay cañas, mejor.  No es un pájaro grande, tampoco es muy chico, si se posara en una mano extendida, cosa que nunca haría por su timidez, sobresaldría por un lado la cabeza y por el otro la cola levantadita, muy característica.
             
             Esa costumbre que tiene de andar siempre escondiéndose debajo de cualquier caña o rama me remite a mi infancia, donde no encontraba mejor programa que ponerme debajo de la mesa de comedor, especialmente si había visitas, o debajo de la cama, o en el caso de estar en el campo, debajo de algún árbol con ramas largas, oscuras y bajas.

               El chucao nos llama la atención por su canto.  Es maravilloso.  Llena el bosque haciendo que sus 6 o 7 notas salten de árbol en árbol, llegando hasta el lago, o hasta el bosque más allá.  ¿Con qué comparar su canto?   Me hace pensar en una mezzosoprano ensayando la escala, pero no es exactamente eso. Es otra cosa.  A ningún ser humano se le ocurriría esa combinación de notas.  Canta a todas horas, especialmente en las horas de luz oblicua como el amanecer y el atardecer pero a veces es pleno mediodía y está cantando. 

  Cuando me ve llegar con mi mochila cargada de pinceles y acuarelas interrumpe mis pensamientos con su canto, me lleva a la realidad del bosque.  Ando por ahí en busca de un lugar desde donde pueda captar con colores y sobre papel algo de esa luz y encanto, algo de ese silencio, de esa vida.  Me detengo, y si por ventura escucho otra vez el canto del chucao, es para mí señal de que ése es el lugar más indicado.  Con esa confirmación me siento, pongo a mi lado los pinceles, la paleta, el agua, todo lo que necesito, y empiezo.  Se trata de una contemplación.  Poco a poco me olvido de mi misma, me absorbe el entorno.  Logro una alternancia de pasividad y actividad, percepción e intuición, y también un defenderme como pueda, pues ahí todo me supera en tal forma que lo mejor que puedo hacer es aceptar mi indigencia.

 Estoy así durante algo así como una hora.  Una hora en la que el tiempo tuvo otra duración. 

Se formó mi acuarela.  La miro, la guardo, me levanto, regreso por el mismo camino.  Vuelvo a casa rapidito, en general es todo barranca abajo.  Miro el bosque y voy despidiéndome de sus formas, agradeciendo al Creador tanta belleza, agradeciendo el haber podido acceder a esa belleza, mi corazón está lleno de paz, saludo sonriente al chucao que sé está por ahí cerca.  ¡Será hasta mañana o pasado, espero!

Dicho sea de paso,  nuestra casa se llama Chucao, y en la puerta, por supuesto, se ve dibujado ese muy amigo mío.



Lydia Zubizarreta desde Quila-Quina












Chori (Inés Uriburu)

Florencio Molina Campos (Ilust. blog)



el asado
golpea
con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
(Pablo Neruda, Oda al tomate)


Laurita deja el tejido, mamá Soli le pone sal a la ensalada, Pepi y Coco guardan las fotos, Madre y Padre les piden a los varones que dejen la pelota y éstos hacen tres pases más de contrabando para después sentarse a la mesa. El Tío descorcha el primer tinto y lo huele mientras que su mujer termina de doblar las servilletas. Las primas dejan caer la última payana y se ponen los zapatos para ir a la galería. Así se van acercando todos a la mesa larga. Los cubre una parra que explota de jugo, se oyen abejorros, ruidos de tenedores y platos, los bancos se van llenando, se van tomando los puestos. En la punta el Tata Viejo, al lado Mima y así se desenvuelve el domingo. Se eviscera en sus ensaladas criollas o de papas y huevos, la colita, el matambre, la palomita y el chori. Tiene sus vivezas el domingo. Misa tempranito, y después se las ve con el manjar bendito. A los Bermúdez les pasa algo singular: cuando Facundo abre el chori en sus últimos minutos de parrilla para hacerlo mariposa se les ensancha la nariz, se les babean los platos. Todos pueden imaginarse cómo estará de crocante, porque usan la receta del Tata antiguo. La grasa en pedacitos chicos y con ajo y sin arroz, una de no creer. No pierde la elegancia el domingo ante tanta voracidad. Al contrario, su gala son todos estos gestos que lo engrandecen, lo hacen familia y comunión. Al novio nuevo le advierten con un guiño que en la mesa rige la ley de la selva. ¡Sale el primer chori! el Tata viejo vuelve a ser el rey león (aunque con menos pelo) y la sonrisa muestra los pocos dientes que habitan su boca de bigotito breve. Alzando el pan, se hace el silencio que deja escuchar el ruido de la costra cuando lo abre para recibir el primero, Mima junta las manos con alegría, el Tata asiente después de haber sido dado el primer tarascón y empieza la fiesta.

Cada familia tiene sus propios ritos, sus propias ceremonias. Aunque quizá los Matarazzo elijan la buena pasta con tenedor y cuchara, los Bermúdez se sientan así a la mesa y así se encuentran, vitales las expresiones después del primer bocado. Comparten. Tienen en sus manos una receta heredada que los aúna, los hace cómplices. Se saben juntos, se saben queridos, cada uno tiene su lugar, y es así como ese rato del mediodía parece ser eterno.
 
 Inés Uriburu

Chocolates…perdidos (Francisca Beccar Varela)





Estábamos preparando un evento para la organización en la que trabajo, y uno de mis compañeros había conseguido una donación de varias cajas de chocolates para compartir durante los recreos del encuentro.

El espacio en donde íbamos a realizar esta actividad era parte de una comunidad religiosa.

Resulta, que por una equivocación de origen todavía desconocido, las cajas, que debían ser entregadas en nuestra oficina,  fueron directamente enviadas a la iglesia de la sede.

En la misma frecuentemente se recibían donaciones para los niños pobres, y el encargado, sin levantar mucho la ceja, cumplió con su habitual rutina llevando las cajas de chocolates a los barrios más carenciados.

La donación que mi compañero había logrado con tanto esfuerzo, en un abrir y cerrar de ojos (o más bien de bocas hambrientas) se vio perdida.

Ya no había más nada para hacer, ni menos negociar ya que el verdadero representante era un sacerdote recién instalado, al que poco y nada habían informado de esta cuestión.

Al contemplar esta equivocación, la empresa que donaba decidió hacerse cargo enviando nuevamente las cajas, pero esta vez pautando bien las coordenadas. El evento salió muy bien, y todos muy agradecidos con todo. Con todo,  menos con los chocolates. Decían: ¡ay no! me querés hacer engordar...bueno, uno me como, pero uno y basta.

Después de este episodio me quedé pensando en esos chiquitos, imaginando cómo  disfrutaban felices de sus golosinas, sin saber quién se las enviaba, pero felices igualmente.

Y solo de pensar en esas caras sonrientes con los dientes marrones, me alegré (silenciosamente) de esta falla en la comunicación y brindé para mis adentros por la humanidad, diciéndome: Chocolates... ¿perdidos?

 Francisca Beccar Varela






















viernes, 21 de octubre de 2011

Chispa (Eugenia Guastavino)



Me gusta descubrir en las personas esa  chispa interior que cuando se enciende  ilumina los rostros, aviva la inteligencia y da calor al corazón. Todos la tenemos dentro, más escondida o más visible. En algunos es una llamarada constante y en otros una chispita a punto de extinguirse, pero  que nunca muere.  Es aquello que con más fuerza nos mantiene conectados al cosmos, que nos entusiasma y motiva, que hace que busquemos siempre más.
La descubrimos cuando alguien que parece aburrido, indiferente o en su mundo despierta ante algo que se le presenta;  un tema de conversación, una imagen, un suceso, una música, una lectura o lo que fuere que salga a su encuentro,  y esa persona comienza a parecer más viva, su mirada aumenta su brillo, su sonrisa ilumina su cara, su cuerpo refleja que hay algo dentro que vibra.  Algún aspecto del ser al presentársele frente a frente  hace que esa existencia concreta se motive  y sienta el ardor del deseo  de  desplegarse.
Cuando nuestra chispa interior es reactivada  por el encuentro con otro que tiene el mismo fuego interior, aparece ante nosotros un horizonte nuevo y  se producen entonces esos momentos mágicos en los que uno querría quedarse para siempre.

 Eugenia Guastavino



 




Chirimbolo (Clemencia Campos)

Lucas Armelín, Pequeño hombrecillo laborioso, de ojos redondos y nariz puntiaguda,
 que rodea la luna, y nos observa desde arriba







Idílico nauseabundo Chirimbolo,
El pobre, solitario y desnudo loco,
Anda perdido,
Sin pentagramas, con puchero, entristecido.
Sólo…con tan sólo unas lágrimas de mar, una caña de pescar
Y un par de oídos sin témpano de hombres muertos como carnada.
Así, sin más se echa a la pesca de la acústica urbana,
Pero un solo martillo consigue.
Da unos golpecitos,
Y Chirimbolo, loco,
Compone un ritmo.
¡Notas! ¡Quiero notas! ¡Sonidos, acústica!, gritaba.
Ni modo que lo escucharan.
Aquél vivía en la nada.
Y en la nada,
La música no nada.
Por la angustia insaciable,
Que padece el bondadoso filarmónico,
Coge el anzuelo y se amputa sus oídos,
Para probar pescar con más suerte una vez más.
Allí, en Valencia, su luna, su hogar,
De todos modos,
No encuentra pesca que lo contenga.
Y Chirimbolo,
En la nada navega
Aclamando esos tonos, hasta que
Di fónico ya decide callar para escuchar.
Finalmente, rendido al silencio, tras sus vanos intentos,
Se acuesta en la medialuna,
Y descubre que la mejor acústica,
Es la interna.
“Calla, escucha, siente silente, la música egoísta que tu corazón palpita”.
(Le dice el Chirimbolo interno de la conciencia)


Clemencia Campos



jueves, 20 de octubre de 2011

Chiquita (Sofi Montagnaro)


de la película El globo rojo, Albert Lamorisse 1956
 



Hoy a la tarde Marisa me manda un mail preguntando si iba a escribir algo con nuestra presente “ch”. En ese momento estaba en un café de la calle Corrientes comiendo un tostado de jamón y queso y tomando una Coca-Cola (ya dejé en claro en el primer escrito de la “C” que no me gusta tomar café). Realmente me había olvidado que ya estábamos en octubre; de hecho, la semana pasada dije en la oficina: “¡Ya es septiembre!!” como si fuera una novedad considerando que estábamos a veintipico. Esto les da un parámetro de dónde está mi cabeza y mi noción del tiempo, la realidad, los relojes y las brújulas.

Tenía pensado elegir “choquemos” y había ideado un cuento sobre un barrio de Buenos Aires en el que todo lo que habitaba allí era de polo positivo y, lógicamente, nunca había contacto entre las cosas. Idea interesante que tal vez más adelante lleve a cabo pero no para nuestro Taller Alfabeto.

El giro lo hice más tarde. Llego a casa y mamá está sentada en la mesa del comedor ordenando papeles. (Me permito hacer un paréntesis extenso; el caso lo amerita. “Ordenar papeles” en una casa en la que somos coleccionistas de papeles y en donde no se tira ni una prueba de dibujo de primer grado inferior, consiste en revisar juntas, reírnos y tirar alguna que otra prueba de matemáticas o algo que ya no nos llame la atención. A la derecha, la pila de papeles que conservamos; a la izquierda, la que tiramos. Siempre la de la derecha es desproporcionalmente más alta que la de la izquierda.) Después de leer ciertas cartas que les escribía a mis padres, a Papá Noel y a los Reyes me encontré con una oración del año 1995: “Dios, ayúdame todos los días a ser mejor de alumna y de corasón. Quiero llegar al cielo, con un globo no puedo. Esta oración la inventé yo. Espero verte pronto en tu rincón. En el cielo me esperarás. Esperá y ya lo verás. Amén”. (Tuve que dejar las faltas de gramática, ortografía y lógica por respeto hacia la autora) ¿Cómo no reírme y después pensar en aquellas épocas en las que era CHiquita?”

Tengo 26 años, lo dije en Brújulas. Podemos inducir que soy grande… Lamento decepcionarlos; sigo siendo una chiquita en muchas cosas. ¡Es tan lindo seguir teniendo la capacidad de reírse a carcajadas y que no te importe si es demasiado fuerte, o si hay alguien mirando! ¡Es tan lindo estar parada en un semáforo cantando como loca! A veces no puedo creer la facilidad que tengo para sorprenderme de ciertas cosas “obvias” como “no entiendo cómo puede volar un avión” o “¿por qué la gente se necesita?” A veces no puedo creer que un Pico Dulce me saque una sonrisa y cambie todo lo malo del día. Me encanta sentir la necesidad de darle un abrazo a mi mamá muy fuerte porque sí. ¡Me encanta acostarme en el Botánico y buscar formas en las nubes!

No lo puedo evitar: sigo siendo chiquita y quiero seguir siendo así. Prometo no crecer en las cosas innecesarias; prometo seguir dibujando garabatos al ritmo de alguna canción. Elijo seguir creyendo que la gente es buena (prefiero llevarme una desilusión a perder una oportunidad); elijo seguir pensando que si se quiere, se puede. Elijo mantener esa frescura y alegría que tanto me caracteriza (los que me conocen son mis testigos).

No puedo evitar dejar de ser chiquita. No quiero. “Quiero llegar al cielo, con un globo no puedo”. ¡Amé esa frase! (egocentrismo? Who cares?). Me encanta tener imaginación; ¡tener las asociaciones libres más extrañas que se puedan imaginar! ¡Me encanta saludar al colectivero y en el ascensor de la oficina aunque nadie me conteste! Me encanta que la gente siga diciéndome “¡estás loca!”. Clarisse le dice a Montag “Tengo diecisiete años y estoy loca”. Esa locura es la Sofi chiquita que sigue estando a flor de piel. El tiempo no la pudo tapar y creo que nunca lo va a hacer. Podemos culpar a papá y a los estímulos de creatividad que recibí siempre de chica o al ser hija única y verme en la necesidad de inventar hermanos imaginarios. Sea como sea, sigo teniendo muchas cosas de chiquita, cosas esenciales a mí, y estoy feliz de que sea así.  Soy grande para algunas cosas y chiquita para casi todo el resto. ¡Me encanta ser así! ¡Me encanta ser chiquita y estar loca!



Miércoles 6 de octubre de 2011. La niña interior de Sofi Montagnaro que, claramente, tiene serios problemas de egocentrismo.

 Sofi Montagnaro

Chiquilín (Raúl Lavalle)

Antonio Berni, Escuelita rural (Ilust. blog)


            “De chiquilín te miraba de afuera, / como a esas cosas que nunca se alcanzan”, escribió Discepolín. Testimoniaba él su afecto por esa palestra de vida que es el café. No tuve tanto tiempo como para frecuentar a diario un boliche, pero de chiquilín conocí, y desde adentro, algo quizás mejor. Pues en el aula, junto con los chicos, me encuentro a mí mismo. El tango termina: “y la poesía cruel / de no pensar más en mí.” Siempre nos acompañan de algún modo crueldad y dolor; pero no es menos cierto que hay Pascua después de la Via Crucis. ¡Y no la pasé tan mal! No en vano en latín escuela se dice ludus.

 Raúl Lavalle

miércoles, 19 de octubre de 2011

Chinchín (Fernanda Ocampo)




Chinchín
duermen inconmovibles las copas
hasta que de pronto en los armarios se alborotan
cuando una tibia caricia las roza,
las tazas vecinas, celosas

Chinchín
se erizan las copas
cuando en su mano el hombre las aloja,
se estremece su cristal transparente
cuando por su lomo corre el vino efervescente

Chinchín
suspiran las copas
hasta que al fin los convidados se incorporan
transpiran gotas de anhelo,
sedientas están de vívido encuentro 

Chinchín
ebrias las copas
bailando al son de las bataholas,
exhalan pompas de promesa y de ensueño
mientras conjuran penas con alegres versos

¡Chinchín!
chocan las copas
el mundo a su alrededor se trastoca
¡Chinchín!
mientras sus bocas se tocan
los corazones ardientes se desposan

Chinchín…

pobres las copas
que luego de tan sublime obra,
escurren la vida en el lavacopas.

Fernanda Ocampo

Chimango (Javier Nari)

Composición de Javier Nari sobre un dibujo de David Nari




“No gaste pólvora en chimangos”
Dicho popular

El año pasado, caminando por Puerto Madero, me sorprendió la presencia de un habitante poco habitual -valga el oxímoron- en las calles céntricas de esta metrópolis bonaerense; se trataba de un ave de porte singular, sobre todo si se lo compara con el aspecto más deslucido de las palomas domésticas, y de las otras aves menores que suelen poblar la ciudad. Milvago Chimango, no se trata de un curioso nombre con su apellido sino del curioso nombre científico de esta ave que llamó mi atención aquella vez que, dicho de paso, me encontraba camino a la UCA caminando por Moreau de Justo. El chimango, apareció en ese momento en mi vida para quedarse como la revelación de un signo, de una imagen o de un ícono con el que me identifico, y con el que probablemente puedan identificarse otros como yo, otros que compartan conmigo esto que, tal vez en mi propio “imaginario”, el chimango representa. El chimango, en aquella ocasión en que por vez primera senté mi atención sobre él (que me detuve literalmente a observarlo), estaba rodeado de palomas con las cuales competía y luchaba, con férrea determinación, “con garras y dientes” -o para hablar con más propiedad con las garras y el pico-, por el exquisito alimento que de las mesas al aire libre de un restaurante les arrojaban unos morbosos turistas “para su solaz y diversión”. No recuerdo cual fuera la presunta nacionalidad de estos extranjeros, lo que sí es para mí evidente que no me cayeron bien, aunque rescato que si ellos no hubiesen estado allí probablemente no hubiese yo tenido la oportunidad de  presenciar aquella escena que para mí era y sigue siendo portadora de un aura casi épica.

El chimango es un ave de la familia de los falcónidos, y, aunque evidentemente mermado, su porte nos recuerda al de los grandes halcones cetreros, que alzan su vuelo con majestuosidad y se precipitan sobre su presa, divisada con precisión desde grandes alturas, con una velocidad sin igual y con eficacia. El halcón es de un porte magnífico, fantástico, no hay otro animal que se alce como aquel y alcance semejantes alturas, no hay quien tenga su visión ni su precisión y su justeza en el acecho; símbolo de la nobleza del espíritu y de la justa apreciación de lo real, símbolo del caballero, imagen del caballero y del filósofo.

En aquella escena en esa calle transitada y ruidosa vi una versión debilitada de esa excelencia, y, aun en lo patético del episodio de esa lucha encarnizada por la supervivencia en la gran ciudad, pude ver en este ave la lucha por la consecución del ideal, en el chimango pude ver algo del halcón, como un vestigio tal vez remoto y débil pero cierto. Y cada vez que veo un chimango la recuerdo. Recuerdo esa imagen tan poética y metafórica, poética como tantas otras que dejamos escapar en el ajetreo de la vida cotidiana, y me transporta inmediatamente a la historia del Quijote, el gran enamorado de las historias antiguas de caballería, ese loco que se lanzó al mundo en busca de aventuras y de honra con poco más que su determinación y sus valores (¡como si eso fuera poco!). El chimango me representa eso: un Quijote, un enamorado flojo pero perseverante y en proceso de constante conversión, me representa el hombre que “cae hasta el nivel de la carne que busca delicias de placeres, o se lanza hacia las cimas serenas de la pura espiritualidad” (M. F. Sciacca). El chimango representa para mí aquellos valores espirituales perdidos o descuidados que movían la voluntad de los antiguos caballeros medievales, o más bien la lucha por la supervivencia de lo que queda de aquellos valores e ideales en el mundo de hoy. Es la lucha de los valores espirituales en pugna contra los intereses mundanos y pragmáticos que pretenden llevárselos por delante. El chimango es la nostalgia por los nobles valores del caballero y del samurái: autodominio, rectitud, valentía, compasión, piedad, cortesía, honestidad, fidelidad. Aunque se lo tenga por loco el chimango vuelve reiteradamente sobre sí para no terminar por extraviarse en el mundo, en el torpe ajetreo de las palomas, y en esa vuelta sobre sí vislumbra el zenit de su ser, recuerda su vocación primigenia y se lanza en vuelo… con la esperanza de poder imitar a los halcones que mantienen un comercio moderado y justo con la tierra que le brinda el sustento corporal.

Sin embargo hasta los grandes caballeros medievales tenían algo de quijotesca miseria, y hasta los grandes halcones tienen algo de chimango, y el único halcón auténtico y completo que surcó los cielos y habitó la tierra fue nuestro señor Jesucristo, el verdadero maestro y ejemplo, el auténtico ideal.

Los hombres siempre van a encontrar placer en jugar con el fuego sin quemarse. Siempre se van a burlar de estos hombres, de estos náufragos. Pero las befas, la bajeza del espíritu, no pueden hacer mella en los altos ideales.

Dando una vuelta de tuerca a ese dicho que le hace tan poco honor a este bicho: ¡no gaste pólvora en chimangos! no gaste pólvora porque si no se matan las ideas mucho menos se pueden demoler los grandes ideales, esos grandes ideales caballerescos que movieron el alma del poverello de Asís ¡no gaste pólvora en chimangos! Porque lo que mueve el espíritu del caballero no es el éxito (véase con que fervor se emprendieron tantas cruzadas aun cuando terminaron unas y otras en rotundos fracasos) ¡No gaste pólvora en chimangos! Siga viviendo su vida loca y agitada, y téngalo nomas por una miserable aguilucha.

El chimango me identifica no como lo que quisiera ser, no en mi realización, si no en mi imperfección: en lo que soy, en lo que no soy, en lo que aun no he llegado a ser, y en lo que tal vez nunca sea. El chimango es una imagen muy humana, muy real, detrás de la cual lo ideal dándole sentido.



 Javier Nari

martes, 18 de octubre de 2011

Chiflados (Estanislao Zuzek)

Irene Zuzek, Pájaros en la cabeza, técnica mixta sobre lienzo - 60 x 80 cm - 2011





            Qué los  hay, ¡los  hay! Y de todo tipo y color que se quiera: Buenos, malos, inofensivos –  como ésos de las películas, que sólo nos hacían reír para pasar el rato – matizan nuestra coexistencia diaria. Todos son únicos per se y. por lo tanto, difíciles de tratar, de encasillar, puesto que se escapan de lo “normal”.

            Lo “normal” es algo casi imposible de definir – como la vida misma. Quedemos en que es un amplio consenso sobre características, costumbres, actitudes, etc. que mayormente todos compartimos. Bueno, casi todos…  Mientras que respecto de ciertas facetas algunos - “locos” – sobresalen. Son los que en la estadística conformarían el término de la “desviación” respecto del valor medio o “normal” o de consenso. Son los “diferentes” que, con su sola existencia, evidencian que la vida puede transcurrir por fuera de los carriles pautados por normas - para bien o para mal. En primer lugar, a los obsesionados o poseídos por cualquier forma del mal los asimilaremos a la cizaña de la parábola del campo sembrado con trigo – a modo de justificar su coexistencia con los chiflados buenos hasta el final, cuando aquéllos sean separados…

            Estos chiflados, pues, son los entusiastas por cosas, ideas y valores trascendentes, por los cuales hasta ‘pierden la cabeza’, sacrificándose con alma y vida sólo para poder alcanzarlos.

            Son los chiflados que viven según su propia naturaleza, fieles a su llamado interior, de la conciencia, y que, por  lo tanto, son capaces de hacer caso omiso de ciertas reglas externas que son “norma” para la mayoría. Por lo tanto,  considerados como ‘extraños’, ‘extravagantes’, con ‘pajaritos en la cabeza’…, incomprendidos.

            Son inconformistas – en contra del pensamiento único del sistema dominante, que para el individuo le implica la imposición de un orden externo, i. e., el de las normas.

            Con su sola presencia reivindican el reconocimiento de la diversidad de ser, de la otredad, el derecho a ser distinto; en fin, a ser lo que uno debe ser por “sí mismo”; a ser persona en plenitud - según su propia naturaleza.           

            Su misma existencia en la diversidad reafirma implícitamente la existencia de la sociedad ‘normal’ y, por ser parte de esta misma, la enriquece.

            Son los hackers del mundo conformista y pragmático, manteniéndolo siempre permeable a esas “chifladuras trascendentes”, más allá de lo meramente material o utilitario.

            Desfilan ante mis ojos los “chiflados”:
- por cosas buenas, altruistas, desinteresadas - por Amor;
- buscadores y cultivadores de la Belleza: poetas, escritores, músicos, pintores,
  escultores… artistas en general
- que bucean en la Creación para descubrir sus leyes
- que procuran establecer la Justicia genuina
- que se afanan por encontrar la Verdad
- que contra viento y marea cultivan la Chispa de la esperanza en un futuro más digno
  para la humanidad y en la cual sus propios “chiflados” gozarán de la merecida estima.

En fin, ¡Bienaventurados todos los chiflados por vivir según su propia conciencia, que gozarán de la armonía y paz por siempre!




Estanislao Zuzek








Chica pop (versión Corregida) (Héctor Makishi)

© Estate Roy Lichtenstein, Forget it! Forget me!, 1962, oleo y acrílico sobre tela,  203.2 x 172.7 cm Rose Art Museum, Brandeis University (Waltham, MA)
                 



Alguien como un Iluminado Oriental
o un ángel encubierto
debe aclararte
que los pantalones apretados
no son signo de divinidad,
ni los regímenes dietéticos,
estrategias de guerra
para combatir en este mundo.

Héctor Makishi




lunes, 17 de octubre de 2011

Che es una letra argentina por adopción (Luis Baliña)

Fernando Botero, Los músicos, 1979, (Ilust. blog)




Muchas de nuestras palabras que empiezan por ella pertenecen a nuestro registro coloquial. Son palabras que se dicen en confianza, como las que una mamá le dice a su hijo.

¿Se fijaron que la confianza es como un camino de dos manos?

La escucha del lenguaje que propone Heidegger también incluye –me parece- escuchar los modos. Hay toda una riqueza de cercanía en esos modos. Y el cultivo de esos modos no pertenece sólo a una lengua que se extendió como parte de aquel imperio donde no se ponía el sol, sino que configura modismos locales, como el de la madre del litoral que le dice a su hijo ¡chaque!, o la del norte que le dice ¡chuy! ¡qué frío hace! El modo está a veces antes que el contenido, como cuando una abuela saluda a su nieto diciéndole “chiquitito”; lo que expresa es ese cariño de madre al cuadrado y no la pequeñez del nieto. El tono del habla es uno de los modos o cualidades del lenguaje. Me gustaría saber cómo es esto en las lenguas tónicas, ya que la nuestra no lo es.

Vuelvo a los modos coloquiales. Así como no se cultiva “el campo” sino este campo, no se cultiva “el lenguaje” sino éste, o el de aquí, o el nuestro.

Se podría escuchar el lenguaje para trazar los círculos del nosotros. En los adolescentes, el tono del lenguaje incluye o excluye del grupo. Antes, el vocativo era “che”; ahora es más anatómico.

Me duele escuchar el habla de los chicos que limpian vidrios en el obelisco. Me duele escuchar el habla de los chicos que viajan fumando un porrito en el furgón del tren. Está cargado de violencia. Pero no lo usan para agredirse, sí para ironizar. El tono y las expresiones violentas muestran como viven estos chicos.

Cuando uno está afuera, valora, al volver o al cruzar una frontera, el lenguaje como parte del nosotros.

Así como hay un lenguaje verbal hay muchos otros: los musicales, por ejemplo. Algunos son propios, de otros nos apropiamos. Otros permanecen ajenos.

¡Chan chán!



 Luis Baliña




Che (Paula Munaretto)

Armando Arteaga,  Mayo del 68 en Paris (Ilust. blog)





 Creo que aprendí primero esta palabra que a sumar y a restar. Esta palabra que creemos entender sólo nosotros, los argentinos, pero que a medida que crecemos, nos damos cuenta de que no solamente en Argentina tiene un significado, sino que hubo una persona que la llevó consigo, que la personalizó, y la hizo famosa. Sí, supongo que todos habrán podido notar que hablo de Ernesto “Che” Guevara,  un ciudadano de éste país que se dice que tuvo un ideal. No creo que éste sea el espacio para comenzar a discutir si capitalismo o comunismo, si Rusia o EEUU, si médico o guerrillero. Sin embargo, me gustaría aprovechar esta letra “CH”, para compartirles un breve diálogo que tuve con un taxista en Cuba en el 2009 cuando tuve oportunidad de ir; justamente hablamos acerca de la tan famosa “Revolución”… y los “rebeldes”.

-          Así que mañana se cumplen los cincuenta años de la Revolución cubana… ¿y qué piensa usted? ¿Está a favor de la Revolución?

-          Mirá, la verdad que ya no hay ni a favor ni en contra. Yo lo que te puedo decir es que mañana se cumplen cincuenta años de que me despierto y me dicen que nuevamente ganó el gobierno de los “rebeldes”, que siguen al poder. Ganó y no los voté, ganó y nadie los vota.

-          Bueno, Argentina tampoco está muy lejos de eso…

-          Pero nena, vos te despertás y vas, agarrás la boleta del que querés, y la metés en un sobre. Ejercés tu derecho. Tenés un derecho. Yo no siquiera… y no hablo sólo de política, no puedo decidir qué quiero comer, qué quiero leer, qué remera me quiero poner, ni siquiera qué música escuchar… ¿me entendés? No me sacaron un derecho, acá me sacaron mi libertad.

Y no, gracias a Dios no lo entendí. Sigo sin entenderlo completamente, porque por suerte seguimos viviendo en un país donde todavía podemos expresarnos. Ese día me acuerdo que el taxista hizo un silencio, y nosotros también. Estábamos todos los que habíamos viajado: mamá, papá, mi hermano y yo. Y no sabíamos qué decirle. Nos sentimos agradecidos, de aquello que pocas veces nos acordamos de agradecer… esta vez había  agradecer que éramos libres. Pero lo que más nos dolía es que no estábamos ya hablando de una libertad física, sino que ese día me sentí libre espiritualmente hablando; me sentí libre de elegir lo que quisiera.


 Paula Munaretto











domingo, 16 de octubre de 2011

Chau, Che (Jorge Oscar Marticorena)

Roberto Jacoby, cartel intervenido que forma parte de 1968: el culo te abrocho
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. (Ilust. blog)






El chau informal de la despedida breve.
El che afectuoso, de confianza o confianzudo,
informal iniciador de confidencias,
reproches, agresiones o amores.
Tres letras rioplatenses que nos identifican,
nos mitifican.
Que en esta América de yugos latinos
son usadas para nombrarnos,
como marca ardiente sobre nuestro cuero,
sobre la soberbia de esta ciudad
que, puerto de miradas lejanas,
se creyó la más europea de Latinoamérica.


Es verdad que en su hablar
cariñosamente,
dejó entrar muchas palabras de Europa.
De la admirada Europa.


Pero casualmente, quizá sigilosamente,
también se incorporó,
deslizándose tal vez desde los suburbios,
esta palabrita nativa que hoy nos da nombre,
y que le ha dado nombre a uno de nosotros que,
nos guste o no,
se ha convertido a la vez en símbolo, en mito,
y en imagen de confusa explotación política y comercial.


Es muy difícil ser indiferente a ese personaje.
Yo para nada lo soy.
Con desacuerdos, con críticas, con dolor.
Te digo

Chau Che…

Compañero.


En casa, con algún apuro. 25 de Septiembre de 2011

Jorge Oscar Marticorena

Chau (María Echevarría)




La vida pasa, es cierto, pero no sé muy bien por dónde. Lo que sí sé es que los minutos, las horas, los días, los meses y los años se me van escurriendo entre los dedos, como si fueran millones y millones de pequeños granitos de arena. Y en medio de la vorágine de estos años que pasan como si fueran días, una trata de ir viviendo un poquito, de aprender algo, de encontrarse con otros. Eso no me cuesta tanto.
Lo que más me cuesta es aceptar cuando una relación termina.
Cuando una amistad ya no es tal,
cuando un amor se tornó imposible,
cuando un vínculo ya no puede ser sanado,
cuando estar con el otro implica abandonarme a mí misma.
Saber irme a tiempo. Eso sí que no lo sé hacer.
Hoy sé que no me hace bien seguir acá, parada, como si nada.
Sé que cada minuto que vuela en ese frenético tic-tac hace más difíciles las cosas.
Sé que esperando, esperándote, sólo voy a frenarme cada día más,
y el tiempo, ya lo dije, no espera ni avisa.


María Echevarría

sábado, 15 de octubre de 2011

Chau (Guillermo Barber Soler)

Imagen copiada de http://raquelsandra.blogspot.com/2011/05/despedida.html
  



Por alguna razón sabemos que vamos a morir
Vivimos la muerte en lo cotidiano
Quizá como un símbolo
Las cosas empiezan y se terminan
“¡Terminé!”, decimos, y entregamos la prueba
Comemos una manzana y se acaba
Leemos cuentos
              (introducción, nudo y desenlace)
Despertamos y dormimos, desaparecemos
Y escribimos con punto.
Punto final.
Y callamos
Es dramático pensar que en algún momento no estaremos
Y quizá por eso cada vez nos despedimos:

“Chau”, me dijiste la última vez.
Yo me acerqué y te di un abrazo.

Guillermo Barber Soler