jueves, 15 de marzo de 2012

Humor (Martín Susnik)


Les Luthiers - Rhapsody in balls



Innumerables son las cosas que el ser humano es capaz de hacer gracias al especial lugar que ocupa en el mundo y a las particularidades que lo distinguen: piensa, ama, decide, domina, filosofa, traiciona, crea, baila... y ríe. Sí señor, sólo a nosotros nos es dada la posibilidad, entre todos lo pobladores de la naturaleza, de reír, propiamente hablando. Somos animales risibles. Somos seres capaces de humor. Vaya bendición.
A veces me pregunto si es posible descifrar qué cosa sea esto del humor. Y es que los hay tantos y de tan diversa índole, que no parece sencillo penetrar en su agraciado (o gracioso) misterio y encontrar lo común a tan diversas formas. Está, por ejemplo, el humor chabacano, el inteligente, el absurdo, el político, el de salón, el musical, el mudo... Si hasta los hay de diversos colores: el negro, el verde... Así mismo varía el tipo de rientes: algunos se conforman con la grosería y con ella les basta para proferir la risotada; otros prefieren lo más elaborado, con artilugios lógicos y lingüísticos; otros no pueden contenerse ante una coreografía de tropiezos corporales; otros optan por reír ante aquello que bien podría producir llanto... ¿Qué es, entonces y en definitiva, lo que nos causa gracia? ¿Qué es, en esencia, el humor?
También me pregunto a veces qué es lo que nos posibilita no ya reír, sino crear humor. ¿Será un tipo especial de inteligencia, suponiendo que las hay de diversos tipos? ¿Una mirada filosa y penetrante de la realidad, combinada con una creatividad específica? ¿Un particular estilo de sinapsis que causa la explosiva interconexión entre ideas cuyo resultado psicofísico es la detonación de la carcajada propia y/o ajena? ¿Cómo es que nace una ocurrencia humorística en la mente del gracioso y por qué algunos tienen más talento para ello que otros? Porque no todos tenemos la misma gracia, admitámoslo, y nada peor que un tipo no gracioso tratando de serlo.
También me pregunto de vez en cuando, sobre los frutos del humor. Y ahí están los especialistas de la salud recomendando su ejercicio y señalando su carácter terapéutico, tanto los que se ocupan de la salud del cuerpo, como los que se ocupan de la salud del alma. Porque es el hombre entero el que ríe, en una plena manifestación externa de un íntimo proceso interno que estremece con gozo el espíritu, activa centenares de músculos, airea los pulmones, oxigena el cerebro y no sé cuántas cosas más. No es extraño entonces que el humor se algo recomendable por todos y para todos, aunque habría que ver cuál y en qué dosis.
Tomando al humor en sentido ético-medicinal hasta parece valer en este caso la automedicación: reírse de sí mismo. Bien saben algunos lo fructífero que puede ser para el crecimiento en la humildad auténtica que supera la tentación de tomarse a sí mismo con excesiva pompa.
Por último, me pregunto, dando infructuosas vueltas sobre este asunto, si acaso Dios también se ríe. Me resulta difícil imaginarlo, lo confieso. Dado el carácter efímero y sorpresivo de lo humorístico, me cuesta predicarlo de Aquel que es eterno e inmutable y para cuya omnisciencia no hay sorpresas. Pero algo tiene que haber... no sé cómo ni de qué puede que ría (me parece que acabo de entender lo de la “teología negativa”), pero no creo que se prive de algo tan maravilloso.
La vida es cosa seria, supongo que la mayoría estamos convencidos de eso. El humor es cosa seria también y le es esencial a la vida. Y tal vez no sólo a la vida... Desde mi más temprana juventud albergo la intuición y la esperanza de que, si Dios quiere, un día, con el telón de la comedia ya cerrado, podremos reírnos sabiamente de todo.

Martín Susnik

miércoles, 14 de marzo de 2012

Huída (Nicolás Balero Reche)



Todos los días con la pierna izquierda, ¡la puta madre!; se decía aquél hombre joven y solitario que recién se levantaba de su cama. El “carpe diem” para él era lo mismo que el “haz tu propia suerte”: chamuyos para crear la falsa esperanza de una vida mejor. Cada noche se recordaba que no debía levantarse con el pie izquierdo, porque si no, sería un mal día como de costumbre; sin embargo el consciente aún atontado, olvidadizo y recién despegado de aquél inconsciente, receptáculo de los sueños, no lo dejaban cambiar la suerte de su día por vivir. El mismo reloj de siempre, con el mismo pip-pip pip-pip pip-pip de hace años (no lo dejaba sonar más de tres veces); otra vez apagado por una mano y en seguida, el instinto lo hacía llevar el pie izquierdo al piso, adelantándose al derecho. Ojalá algún día pueda cambiar esta costumbre del orto, se auto-exigía.
Cinco minutos más en la cama, para él, eran pecado; huía de cualquier dejadez, de cualquier placer en lo simple. Obviamente lo primero a realizar era tender la cama. No se permitía irse sin hacer la cama, digamos que no se permitía ni siquiera el sentimiento de “hoy no tengo ganas” o del “¿por qué no?”, e introducirse a lo nuevo y distinto; no rutinario.
Solía hacer una oración por las mañanas y una por las noches, pero ahora huía de la oración; pasó a preferir la soledad, la incomunicabilidad (hasta con Dios), la autonomía y la auto-realización. ¿Para qué hablar con la pared?, pensaba; no le veía sentido. El baño tenía un pequeño espejo, huía hasta de su propia imagen. ¿A su imagen y semejanza? ¡Mierda que Dios es feo!, y tendía una carcajada individual; no tenía con quién compartir su chiste, vivía solo. Con su traje impecable tapaba aquél rebelde ahuyentado y reprimido que no podía salir a través de la camisa planchada preparada desde el día de ayer.
Salía todas las mañanas a las 7 en punto; bah… a las 7 y 5 los días en que el vecino de al lado solía despertarse antes, y sacaba el auto de la cochera más temprano que de costumbre; no quería cruzárselo en la puerta; huía de aquél primer saludo, de aquél primer contacto social que despabila cualquier cara de dormido y termina de sacar las lagañas de los ojos. Una vez que se iba su vecino, salía de su casa camino a la parada de colectivos. Le molestaba hasta aquél sol matutino que empieza a asomarse de a poquito entre los edificios, las casas, los árboles; aquél rayo amarillento que te calienta la piel; huía del sol, no quería ser calentado, no quería ser iluminado; como si le gustara más la noche, o más que la noche, la oscuridad. Apenas cruzaba la puerta de su casa huía de todo ruido ajeno, los auriculares con su música al máximo volumen tapaban cualquier pajarito madrugador, cualquier expresión de saludo, y hasta cualquier bocinazo. Camino a la parada huía hasta de la sonrisa de la viejita solitaria que vive en la esquina, cuyo segundo placer más grande era alimentar a las palomas del barrio; el mayor placer era que le devuelvan la sonrisa. 
El garita de la esquina, un viejito amable que saludaba hasta los conductores del 152 que pasaban por su esquina, no lo saludaba a él, sabía que la respuesta era una mirada de indiferencia que podía causarle hasta un mal de ojo. Huyendo de todo lo que lo rodeaba ni notó que había una mujer detrás de él para dejarla pasar al subir al colectivo; y aquél conductor, el responsable de su seguridad y su puntualidad por veinte minutos, aquél que veía diariamente, más seguido que a sus padres que se habían mudado lejos hacía unos años (tal vez huyendo de él y sus insoportables caprichos); no podía evitar su “buen día” cotidiano mientras cerraba la puerta,  a lo que nuestro protagonista contestaba “uno veinticinco”; como si el ser humano detrás del volante fuera una pieza más de la máquina que llamamos comúnmente colectivo
Ahora sí, el dilema más grande de todas las mañanas. ¿Cómo viajar en transporte público huyendo de todo contacto social con aquél público transportado? Después de levantarse con el pie izquierdo el día sólo mejoraba al encontrar un asiento individual vacío; y era uno de esos días inolvidables si además de estar vacío, no hacía falta tocar a nadie para llegar hasta ese asiento; si huía hasta de pedir permiso. Por eso siempre la mochila iba primero, los empujones de la mochila hacían lugar, para que luego pase el cuerpo sin necesidad de contacto. Pero hoy no era un buen día, pensaba: el pie izquierdo, el vecino que se había levantado temprano, la vieja fea esa (que era un gasto para el Estado) alimentando a esa plaga de bichos mugrientos y encima ahora… ¡el bondi este de mierda que está lleno! Definitivamente, se decía, un día para tirar a la basura. Hacía varios años que en algún momento del día, cada día se decía que era para tirarlo a la basura; no los podía ni “reciclar”. Había un asiento en el fondo, entre medio de dos personas, pero prefería caminar 40 cuadras antes que chocar codos con alguien. Al fin pudo bajarse, caminó dos cuadras y llegó a aquél trabajo rutinario: encerrado en un box hasta las 16 horas, hablando por teléfono con gente desconocida, intentando convencerla de comprar un producto que ni siquiera él había probado nunca; pero importaba la comisión. Sólo tenía relación ocasional con el mingitorio y a veces con el microondas de la cocina en la hora del almuerzo. Huía de aquella morocha hermosa del box de enfrente, estudiante de Derecho; como si ignorarla lograra comunicarlos, huía hasta de saber su nombre. Cada vez que le surgía algo desconocido de adentro que le decía, “andá a hablarle”; inmediatamente su voluntad lo tapaba con un “no se puede confiar en el amor”.
Luego del trabajo corría por las tardes, como queriendo huir de su propia vida; pero volvía siempre al mismo lugar tras  una hora de transpiración. Ni el hermoso atardecer de un día de otoño lo conmovía. Luego de la ducha con poco agua, (parecía que estaba tapado el caño pero no le gustaba que entre gente a su casa; incluso un necesario plomero) veía un poco de televisión, pero hacía zapping, ninguno de los programas lo convencía. Después se ponía a cocinar en su solitaria cocina, nada muy sofisticado; unas salchichas con puré, las comidas muy elaboradas lo disgustaban. Por último antes de acostarse leía un poco de aquella biblioteca que le había dejado su padre. Había comenzado hacia unos días El hombre en busca de sentido de Frankl, pero esa misma noche decidió dejarlo por la mitad y elegir otro libro; le parecía marketinero, aburrido y  poco emocionante; parecía que hasta de la búsqueda de su propio sentido había huido. Al fin a dormir otra vez mientras pensaba: otro día para tirar a la basura; ¡cómo te cambia el día despertarte con el pie izquierdo!: huía hasta de la culpa: su infelicidad era a causa del destino y no por él mismo.
Huía de todos los cambios, de todo lo no-yo por no animarse a huir de sí mismo, de sus estructuras, de sus ataduras; y pensar que se creía muy libre, y de la libertad era de lo que estaba huyendo. Se creía el más fuerte, tal vez porque no se quería nada a sí mismo, debía tapar ese hombre débil y triste con otra imagen fuerte y poderosa, que luego se compró  y se creyó; para evitar encontrarse con sí mismo y aceptar su yo.
Lo importante que es: quererse para querer, valorarse para valorar, encontrarse y aceptarse, para finalmente dejar de huir.


Nicolás Balero Reche 


Huesos (Ángeles Smart)

Ron Mueck, A Girl, escultura en resina y silicona, 2007.


La unidad de la experiencia.
Variación Imaginaria I (marzo 2012)

En su interioridad el alma experimenta lo que ella es y cómo es,
de una manera oscura e inefable que le presenta el misterio de su ser
en cuanto misterio, sin descubrírselo enteramente.
Edith Stein


                Cada vez me convenzo más de lo invaluable que significa el hallazgo de una imagen adecuada para ilustrar algunas ideas. No sé si esta es una experiencia sólo personal o algo que nos atraviesa a todos. Lo que sí me resulta evidente es que la potencia de las imágenes no opera siempre de la misma manera. Hay algo de intransferible y único en el acto de unir un concepto con un correlato sensible que se lo siente proporcionado.
                La película del cine independiente norteamericano, Winter´s Bone de Debra Granik, relata la odisea que emprende Ree Dolly, de 17 años, para dar con una prueba que demuestre que su padre (en libertad bajo fianza por procesar drogas) está muerto y no fugado de la justicia. El padre efectivamente ya ha sido asesinado con el fin de evitar que delate a otros traficantes. Como no dejan de acusarla a lo largo de la película ella es una "Dolly" y nada puede hacer para borrarlo. La exclusión, el deterioro, los condicionamientos, la marginalidad y la adicción parecen ser los inevitables caminos de su vida.
                Sin embargo, sostenida por una integridad que uno no sabe de dónde heredó, llega hasta el fondo del horror para ofrecerle una alternativa a sus dos hermanos, todavía chicos. Hace lo impensable y atraviesa lo indescriptible con la dureza y frialdad propia de su contexto hostil. Así y todo, sale inmune regresando sin mancha a aquel mundo, que no es el que le tocó, sino el que ella misma eligió. Ante la mirada espantada de algunos que siguen sin creer cómo dio con la prueba buscada, Ree contesta algo así como: "Y sí, es verdad, soy una Dolly. Hasta los huesos".
                Su herencia no fue de las ideales, no hay lugar a dudas. Sin embargo ella misma también era la clave para ser alejada y conjurada. Tal vez los huesos sean una metáfora adecuada para referirnos a esa interioridad profunda y misteriosa donde está eso que llamamos yo. Ahí donde aparece algo que nos es muy propio pero también aquello que percibimos como ajeno. Pero que nos guste o no, es nuestro, hasta la médula.
                Tal vez uniendo ambas experiencias podamos transitar esa tremenda distancia que partiendo de lo mismo logra llegar, a pesar de todo y sólo raras veces, a lo otro.  





Ángeles Smart





Hueco (Francisca Beccar Varela)




Desde el hueco del sillón de un bar
siento entrar por el hueco de mi oído
una música de ritmo par
y en un hueco similar andás, distraído.

Entonces tu andar deja lo indefinido
y tu brazo extendido, me viene a buscar

Mi mano llena de tu mano el hueco vacío
y en un hueco del salón bailamos, abstraídos
tu cuello se vuelve mi hueco, mi nido,
no hay hueco parecido que avive mis sentidos.
¡No hay hueco perdido, no hay hueco perdido
en mi tango querido!


 Francisca Beccar Varela

martes, 13 de marzo de 2012

Hoy (Ignacio Leonetti)

Vincent Van Gogh. Los comedores de papas



HOY…

Único tiempo verdadero.

Instante humano en el que la vida se juega ya y para siempre.

Límite a nuestras ansiedades y demarcación de nuestras miserias.

Unidad de la vida en la que el pasado y el futuro se funden para darle un peso denso a la existencia de un “ahora” contundente.

Momento fugaz y siempre nuevo.

Promesa de eternidad, vivencia de lo ya consumado pero todavía por llegar.

Hoy, lo más parecido –para bien o para mal- al único instante de la inmoble eternidad.



Ignacio Leonetti

Horizonte (Mimí Blaquier)



Que no se opaque
el horizonte,
abrazo
de cielo y tierra
Que la violencia y la mentira
no nos borren la cara
y apaguen la palabra
Palabra trémula
palabra puente
palabra pájaro
en vuelo


Mimí Blaquier

lunes, 12 de marzo de 2012

Horizonte (Federico Caivano)

http://www.vialidad.gov.ar/organismos/birf/imagenes/la%20pampa%20101.jpg


Creo que la gran máxima socrática “sólo sé que no sé nada” resume bastante bien todo lo que tiene que ver con los fundamentos y la experiencia del conocimiento. Me parece un principio básico de esos que no parecen que dijeran mucho (como “A=A”) pero que tienen un peso importantísimo ya que significan que las cosas podrían ser de otra manera y sin embargo no pueden de hecho serlo.

Parece entonces que este principio es común a toda gnoseología: todo conocimiento tiene un alcance y un límite. De hecho, parece que conocer implica justamente ver, darse cuenta, de estos límites con lo que ellos significan: que si existe el límite, existe lo limitado y que si existe lo limitado existe lo que está fuera de ese límite. Y un límite es un freno a nuestra libertad, tan preciada por nosotros, pero es también por ello mismo, paradójicamente, el borde de un continente (mundo, universo) sin el cual no existiría contención.

Y eso es un horizonte; la experiencia existencial por excelencia (muchos ex-…  ¿será casualidad?). Una línea que define qué es una definición; lo que separa el acá del allá, creándolos. Es más que sólo una línea, sin dejar de ser nada más que eso. Es lo que separa y une cielo y tierra a la vez, lo que en el frío vacío del espacio no existe ni puede existir. Es la experiencia propia del sentirse vivo.

Tiene sentido que la H sea entonces la que está al comienzo de horizontes,  humanos e historias. Hasta su misma forma parece simbolizar la unión en la distinción resuelta en un término medio. Letra la más humana también (si se la escribe con ultra-mayúscula), en cuanto puede simbolizar esa coincidencia de opuestos divina que nos supera pero que nos llama desde nuestro mismo ser, pues cuando se escribe, cuando está presente, nos invita al silencio…


Federico Caivano

Honores y Hundimientos en el Sol Naciente (Maximiliano Hünicken)

Max Hünicken  Segura,  Mishima  tras el rostro del mar



    El rostro de Mishima parece ser nuestro interrogante, de él sabemos que fue un gran escritor, que amaba las tradiciones de su querida tierra, que buscaba por doquier los signos vitales de un Japón que no negara su real y natural existencia. Sin embargo  no sabemos que buscaba en el pabellón dorado de Occidente. Seguramente necesitaba adentrarse en aquella cultura, para poder fundamentar su lucha, ya no la de su “amigo Hitler”. Quién sabe, capaz que sintió intriga por querer conocer esa fuerza americana, y sentirse a gusto con su cuerpo, con las comodidades y liviandades de un capitalismo que estaba destiñendo el color de su bandera. Para ser más exactos, Mishima conoció bien a la serpiente verde,  así  llamada por él, será que ese color simboliza la vitalidad de la moneda americana. Será que su sed de identidad y pertenencia, se asemeja a su “Sed de Amor”. Mishima es un autor que despierta interés, su vida es un meandro de curiosidades y contradicciones. Justamente esas contradicciones desdibujan el rostro de este último samurai.      
          El  peligro  de  la  existencia  es uno  de  los temas que atraparían a  Mishima, dado que el sentido de la vida, de la suya y de su tierra madre, iban por el mismo atajo de una idea de belleza, que entrelazaba los fundamentos de una tradición. Por ello es auspicioso decir: “El verdadero peligro no radica sino en vivir. Claro está que vivir no es más que el caos de la existencia, y más aún: es el afán loco y erróneo de ir desmantelando instante a instante la existencia hasta ver restaurado el caos inicial, y entonces, con la fuerza que da la incertidumbre y el miedo originado por el caos, volver a recrear instante a instante la existencia - [. . .]”. Lo inusitado de la muerte sería vida simbólica para la filosofía de la acción, para esa existencia hecha de fluctuaciones que vivenciaba este guerrero de la belleza, al jugar con la identidad. Siempre Mishima nos hablará de la identidad, de una bandera que flamea por la sangre de una sucesión de la tierra que nos ve crecer, pero el rostro de este extranjero, de esta fuerza que fomenta el miedo, sigue latiendo con enérgica palidez. Ahora bien, no podemos dejar de mencionar la idea de patriotismo, el honor de su causa, la visión de una existencia que se esconde en la gloria de las ceremonias, en las nimiedades de los colores que enarbolan ese banquete color púrpura, color oro.  Las ideas de belleza, patria y honor se conjugan en una sola idea madre, consejera como Natsuko, de la armonía del péndulo, de la oscilación, de aquella que nos habla con la voz de Schopenhauer. Esa idea es la muerte como forma de existencia:
              “Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que,  tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir”                        
Parece que el rostro de Mishima se hace carne en la pulsión de excitación, de aquel guerrero suicida que ve en la inmediatez de la muerte, la sonrisa cómplice de una filosofía.
Es fresca la brisa de la primavera, es tediosa la nieve del invierno, mas este literato japonés, nuestro querido Yukio, sabe que su hiel es alegría para el luto, de vacíos intentos de sentido que traen los nuevos signos de la modernidad.
Este literato anhela ser el último romántico que deja al descubierto su corazón, no sucediendo  lo  mismo con sus facciones, que se humedecen con la sangre de la adrenalina. Este revoltoso de la acción nos invita a sentir con la religión de su amor la inmanencia de su sombra sobre el tapiz de la alegría, cuando otros lo nombran con elocuencia y, sin saber de su rostro, le dicen, Yukio eres nuestro guía:

El Guerrero


Corazón valiente
Corazón sensible,
¡El temor le da coraje,
Cuando la necesidad
  Es un camino que lo atrae!.


Corazón valiente
Corazón con ideales,
Pensamiento profundo
Del guerrero poeta
Que se aflige
Con la injusticia,
Con la novedad sin cauce.


Corazón de hombre
Corazón salvaje,
Cuando la ira
Gobierna sus señales.


Corazón con fines
Corazón con heridas mortales,
Las que el guerrero se ha ocasionado
Con la tristeza del alma perdida
En laberintos mundanales.


Maximiliano Hünicken 

Honores -abierto por duelo. (Marcelo Gobbi)



El 4 de octubre de 2009, a eso de las siete menos cuarto de la mañana, recogí el diario.
Una nota me informaba que el día anterior había fallecido el señor Parrotta, el canillita del barrio cuyo nombre sólo ese día supe.
Decía además la nota: En homenaje a sus cincuenta años de trabajo honrado, su familia realizará el reparto con normalidad.
Ese día, en el laburo, las cosas me salieron mucho mejor.


Marcelo Gobbi

domingo, 11 de marzo de 2012

Hondura (Noelia Vanrell)

Marc Chagall




Cuando lo hondo es un espacio físico, aparece en lugares adonde me enseñaron que no debo acercarme: lo hondo del mar, la parte honda de la pileta, “son lugares peligrosos, que te pueden tragar”.
Creo que algo de mi terror a esos abismos materiales es lo que me hace retroceder cuando me encuentro ante otro tipo de hondura, que también es como un espacio, sólo que intangible, y sin embargo mucho más hondo que el fondo de cualquier mar.
No alcanzo mi hondura, la hondura que toda persona tiene. Cuando creo que me animo a caminar hacia mi parte profunda, siento que voy pisando sobre un puente colgante, armado con sogas deshilachadas y tablones de madera crujientes, que en cualquier momento pueden quebrarse y hacerme hundir en ese fondo incalculable (qué ridículo el miedo a uno mismo).
No alcanzo mi hondura, los crujidos me detienen, vuelvo hacia atrás, quiero volver a pisar tierra, superficie, lo más rápido posible, terreno firme, solidez de un suelo estático.
Esa hondura del alma, como todo abismo, tiene esa capacidad de repeler y atraer a la vez.  Ya sé que nunca voy a hundirme si pretendo acercarme calculando cada pasito que doy, no se puede saltar de a poco, no puedo hundirme despacio. Si algún día me lanzo, será en un salto arrebatado, con los ojos cerrados. Pero no es confianza ciega, es confiar en que no necesito mis ojos, es confiar en que voy a ser atajada por la mirada de otros ojos que no van a ser los míos.
                                                                                                       Noelia Vanrell 



Historias mínimas (Héctor Makishi Matsuda)

Afiche de la película de Carlos Sorín, Historias mínimas (2002).



1.
Un hombre de edad mediana,
es amenazado con un arma de fuego
(o de juego) y es obligado a dar
hasta el último centavo.

Éste, al contrario, le pide al ladrón
que lo mate.
Nada más absurdo, pero
en el brazo llevaba tatuado
la siguiente inscripción:
“La vida es un burdel.
  (mucho toqueteo pero nada de contacto)”

2.
Un joven y una chica
corren con todas sus fuerzas
hacia el borde de una azotea
del edificio de una transnacional.
Corren y saltan, desnudos, al vacío,
desafiando, quien sabe,
la gravedad…
insostenible de los últimos sucesos en el país.

Allá abajo, un colchón de tres metros, los espera
apacible.
Caen amortiguados, y el país…
sigue igual.

3.
Un jubilado
con tres monedas en el bolsillo,
convierte su casa en un comedor
para otros jubilados.
Nadie en el barrio, comprende
por qué lo hace.
Él sólo contesta:
“Una buena charla y las caras satisfechas
de mis amigos me basta. Todavía
no me jubilo” (risas)

4.
La feminista militante
exhorta a mujeres en la plaza
que el género es una cuestión cultural
y todos tienen derecho a elegir.
Euforia y disturbios en el lugar.

La policía se va acercando y las van cercando.
De pronto, el olor de sus camisas transpiradas
y el rostro de deseo de la ley,
afectan las hormonas de las manifestantes.

Las mujeres se sienten atendidas
y ahora, la cuestión de género
se vuelve
un juego de seducción
y la plaza, el parque del amor.

 Héctor Makishi Matsuda


sábado, 10 de marzo de 2012

Hijo de la bestia (Guillermo Barber Soler)

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El Hijo de la Bestia

No me duelen tus golpes
      una y otra vez en la cara
No me
duele la saña ni el odio
No me duele lo que hacés;
      sos vos

Me duelo yo
Me duele mucho más
     saberme igual, saberme vos
Me duele ser capaz del demonio
y cargar
en mis manos la sangre
     de quien hoy me golpea o no,
y en mi espalda la angustia del espejo
     en el que me reconozco:
Soy también la Sombra
Soy la implosión del abismo en su llanto
espeso
Soy la cizaña comiéndome comiéndote

Duele lastimar
Duele odiar
Duelo
Duélome yo doliéndote
       sufriéndomete
       sin ver nada
       sin vergüenza
       y perdido en el rugido de mi Tormenta

Duéleme saberme hijo de la Bestia
      y querer caer hacia lo Alto.


Guillermo Barber Soler





Hidra (Raúl Lavalle)

Gustave Moreau, Herácles y la Hidra de Lerna (1876)


            La Hidra de Lerna era uno de los Trabajos de Hércules. Tenía como cien cabezas y, cada vez que el héroe cortaba una, otra nueva volvía a crecer en su lugar. Algo así era. Hércules tuvo que solucionar el problema cortando las cien cabezas de un saque. Está bien decir que las rebanó de un saque, porque parece un golpe de esos de las películas de artes marciales japonesas: y los japoneses toman sake, que es como un vino de arroz.

            Y la mitología contaba la historia de Argos, un monstruo de cien ojos. Por ese motivo, nunca se dormía del todo (siempre le quedaba uno abierto). Pero Hermes, el inventor de la lira, le durmió los cien ojos de un saque y lo mató. Creo que es una buena moralización, porque nos enseña que debemos enfrentar a los problemas en bloque. Aunque hay otros dichos que mandan resolverlos uno por uno, tiempo al tiempo. En fin, no somos tan coherentes.


Raúl Lavalle

viernes, 9 de marzo de 2012

Héroes (Marisa Mosto)

Rembrandt, Retrato de anciano con barba, 1630



que llevaste en tu carne nuestros dolores
Dedicado a todos los que sufren.
En especial al Hombre de Acero,  Martín Acero Vivanco



Avanzaba lentamente la jovencita con gran dificultad, apoyada en su bastón, en medio de la procesión que se encaminaba al altar para recibir a su amado Jesús en el Sacramento de la Comunión. Hace unos años la camioneta que la subía a un cerro sufrió un accidente. Murió allí el hermano del que en ese entonces era su novio y ella, luego de atravesar por  un largo coma, quedó con serios problemas de motricidad. Debió comenzar una nueva vida, con grandes  limitaciones físicas y cognitivas. Ahora la vemos primero cantando emocionada en el coro del templo  y luego cuando llega el momento de comulgar, pelándose con sus limitaciones para llegar a recibir a su Jesús. ¡Cuánta nobleza hay en ese andar lleno de espasmos! ¡Cuánta amorosa fe! La jovencita no patalea contra el orden del mundo, soporta, confía, acepta el alto precio del billete del orden de la vida y se suma con todas sus heridas a la peregrinación de los fieles.
¿Y  Jorge? Jorge padeció una enfermedad en su cerebro que le quitó progresivamente facultades. Silla de ruedas, sonda, pañales, la inmovilidad fue adueñándose implacablemente de cada región de su cuerpo durante 13 años, luego perdió la vista, el oído, el habla, se fue apagando de a poco. Y Jorge sonreía cada vez que llegábamos a visitarlo.
¿Y Rosa? A Rosa de chica sus padres le pegaban duro si no  lograba juntar algunos pesos en la calle. Dormía toda la familia en la misma habitación. Vivian hacinados. Ustedes imaginarán la historia. Cuando creció inhalaba tóxicos, tuvo su primer hijo a los 15 años y a su novio-marido lo mataron de un tiro cuando estaba durmiendo a su lado. Ahora Rosa se lleva bastante mal con la gente. Cada día enfrenta el desafío de la ignorancia, el  hambre y la violencia.
Podría seguir contándoles muchas desgracias. Algunas más cercanas aún. Desgracias que todos conocemos. Y aunque ahora no las conozcamos, en algún momento las sufriremos en carne propia. Aunque más no fuera, el hecho de envejecer, enfermar, perder habilidades, es una desgracia.
La vida humana es muy difícil. Estamos expuestos a grandes vulnerabilidades físicas. ¡Y espirituales! Cargamos con heridas nuestras y ajenas. Heridas nuevas y viejas. Heridas de nuestros padres. ¡De nuestros abuelos y bisabuelos y quién sabe de cuántas generaciones más!   Y con todo eso a cuestas debemos emprender nuestro propio viaje, derribar  fantasmas y aprender a vivir con la certeza de que nunca alcanzaremos nada en esta vida de lo que podamos decir más que de a ratos, “aquí me quedo”, “no busco nada más”, “así esta bien”.
Habrán notado que estoy tratando de poner la lupa en el aspecto doloroso de la vida. Lo que ocurre es que hace unos días alguien, comentando un pasaje del Evangelio  en que Jesús camina sobre el agua en medio de la tormenta, llenó de reproches por su poca fe a la actitud  de Pedro y los apóstoles (y en ellos a todos los seres humanos).  ¿Recuerdan? Pedro se hunde en el agua cuando Jesús lo llama y luego le tiende la mano para sostenerlo.
 ¿Pero acaso no vivimos caminando sobre las aguas? ¿Acaso Jorge, la jovencita del accidente, Rosa, todos nosotros, no estamos permanentemente caminando sobre el agua? Prefiero contemplar  la mano tendida del Señor que  la poca fe de Pedro.  Él sabe lo que nos cuesta caminar sobre el agua y sin embargo lo seguimos intentando. Hace siglos que lo intentamos

Marisa Mosto

Hermoso (Lydia Zubizarreta)

Vincent Van Gogh, Botas, 400x323, 400 × 323  400 × 3231886


¡Oh, cuanto más bella parece la belleza
                                                                          Con el dulce ornamento de la verdad!

                                                                                   Shakespeare, Soneto LIV


“¿Acaso amamos algo fuera de la belleza?”,  se preguntaba San Agustín. 
En nuestro siglo lo bello perdió su lugar de privilegio.  Pareciera que lo hermoso es un valor menor, superficial.  Otra de esas palabras, o mejor dicho de esos conceptos, que van inconscientemente perdiendo vigencia.  
             Sin embargo, ¿quién no desea ser hermoso?  O, hacer algo hermoso. 
“Lo bello consiste en la debida proporción, porque los sentidos se deleitan con las cosas bien proporcionadas”, así lo enunció Santo Tomás de Aquino. 
            Lo hermoso es amable, nos hace una especie de caricia.  Estamos al atardecer en un jardín.  En un momento dado todo se va coloreando suavemente a medida que el sol envía sus últimos rayos, los sonidos van disminuyendo, se siente una gran paz, la paz que nos da confianza, alegría de vivir.  Hemos presenciado algo que nos ha llenado el corazón.  Un solo de flauta surgiendo con sus notas que poco a poco van llenando el espacio y nos invade esa misma sensación de paz y de amor, tan benévola para el alma.  Una parejita de vacaciones, ella sonríe para la foto, detrás está el paisaje que ellos quieren recordar, integrar a sus vidas, la situación es hermosa.
            En una pintura muy conocida de Van Gogh aparecen sus botines.  Pintó sus dos botines oscuros, gastados, con los cordones que trazan una curva en el piso.  ¿Puede haber algo más banal, menos hermoso?  Pero están pintados con un sentimiento que los saca de lo banal y les da categoría de hermosa vivencia.  No vale menos esta pintura, estéticamente hablando, que la de un gran paisaje o de una catedral. 

En arte no es el tema lo que otorga el elemento de belleza, sino el tratamiento del mismo; y la honestidad, la pureza de alma, la verdad, como dice Shakespeare.  Es la forma exterior unida a algo más sutil.
            Muchas veces, en mis caminatas por el bosque me he detenido frente a una zona oscura, con su follaje mezclado, debajo corre el agua de un arroyito que pasa entre los árboles, lo veo tan hermoso y tan difícil de trasmitir que siento toda la impotencia de lo que me sobrepasa.  O, navegando el lago en un día calmo, el lago como un espejo, mi mirada queda atrapada en lo que se refleja: cielo, piedra y bosque dándole color al agua, todos los verdes, todos los grises, ocres y azules.  El reflejo parece más hermoso que la cosa misma, el reflejo hace resaltar la belleza del entorno.        
            Lo hermoso sufre ataques.  Por ejemplo el aprecio por lo que es “simil”: simil piedra, simil cuero, simil madera, simil nieve en Navidad en los shoppings, flores artificiales, y todo tipo de artificio.  ¿Qué decir del uso que de algunas músicas se hace, por ejemplo, en los teléfonos en espera?  ¿Quién puede apreciar la Pequeña Música Nocturna de Mozart a través de la repetición de una línea telefónica?   Son abusos.
            Hay belleza en las vidas, simples o heroicas, en todas las vidas, con su dosis de tanta cosa como el Señor nos las da, siempre que en ellas exista esa búsqueda consciente, que es búsqueda del otro y de uno mismo, búsqueda de comprensión y sabiduría, de respeto y de verdad, de buenos sentimientos y de amabilidad.         
            Como todo lo valioso, lo hermoso necesita tiempo.  Antes que nada, tiempo con uno mismo, silencio, contemplación.  Estar atento porque se puede, se tiene ese espacio en la conciencia.  Entonces aparece lo hermoso, lo que no tiene un precio superior por ser hermoso, pero si un valor superior, que algunos son capaces de apreciar.  La vida empieza a mostrar su coherencia, su armonía, con, y a pesar de, las aparencias caóticas, violentas.  Aparece lo otro, lo que vale la pena, lo hermoso.
                                                                           

       Lydia Zubizarreta
  Quila Quina

jueves, 8 de marzo de 2012

Hermosa zarabanda (Jorge Oscar Marticorena)

Escena de Saraban, Ingmar Berman, Suecia, 2003



Hermosa zarabanda del pasado.
Sensual recuerdo que, suave, se difunde.

Recorriendo lentos ritmos de felicidades,
de amores realizados,
de nieblas transformadas en sentimientos,
en sorpresas,
en intuiciones de certezas.

Suspensión del pensamiento.
Percepción profunda de la belleza.
De mi verdad, de las verdades de los otros,
del otro.

Dolorosamente dulce recuerdo
de las penas del pasado,
de las pérdidas que busqué.

Que me buscaron.

De lo que, finalmente,
no fue, no pudo, no quiso ser...

Qué angustia sentí en mis tiempos lejanos
al pensar en lo que quizá no sería
y cuyo no ser luego lamentaría.

Hoy puedo celebrar lo que fue.
Vital, jubiloso, floreciente
regalo encontrado en el camino,
sin motivos, porque sí.

O porque había elegido esa ruta.

Y que a veces no pude defender del tiempo,
de la muerte,
que es la dueña de las últimas palabras

Lo que hoy más me inquieta
es lo que no quise que fuera.
Quizá en ese rechazo
dejé escapar momentos de vida.

Cuando sí quise y no fue
dolió, pero atrapé esos momentos.
Desafié a la oscuridad del mañana
y perdí.

Pero también en el fracaso se sienten
las ondas de la sangre,
las luces que cambian,
el viento que empuja,
la lluvia en las manos,
los pasos sobre el sendero.

Y al recorrer ese camino
se danza la riesgosa, pausada, enigmática
zarabanda del futuro.


Ingmar Bergman, Sarabanda - J.S. Bach, Suite Orquestal Nº 2, Sarabanda

En casa, noche profunda y silenciosa. Ya es 24 de febrero de 2012


Jorge Oscar Marticorena