jueves, 22 de septiembre de 2011

Curioso (Maximiliano Hünicken Segura)

Ilustración realizada por Maximiliano Hünicken Segura, Curioso

  

Curioso del  amor
Santo de la emoción,
Es el sueño del  poeta
Cuando avizora en la nada,
Una ciencia cierta.


Curioso  del  azar
Amigo de la  hoguera,
Es la mirada del altar
La que nos convoca en la cena,
  Cuando a  los elegíacos
Los enciende la tristeza.
 

Curioso de  vanidades,
Atrevido de  la  inmanencia,
Son sus ojos,  sus canicies,
Son las artes de la esencia.



 Maximiliano Hünicken Segura












miércoles, 21 de septiembre de 2011

Cuco (Francisca Beccar Varela)

Dino Bruzzone, Italpark, Pulpo,
(Ilustró Ángeles Smart)



 Cuco, nube, barrera,
tomate unas vacaciones
que mañana tengo intenciones
de vivir a mi manera.


Cuántos cúcos rodean nuestro pensamiento y nos impiden actuar como nos gustaría.

Me pregunto por qué los momentos de claridad y certeza son tan fugaces y tanto menos frecuentes que los de ceguera o Comodidad.

Ojalá fuera como al principio de una escalada, que uno pasa por cuestas y pendientes, pero persiste a pesar del cansancio porque lo conforta imaginar el increíble paisaje que lo espera, que no se mueve de ahí a lo largo del día.

En cambio cuando el alma "hace cumbre" habiendo pasado  las tribulaciones y siente que se arrima a la plenitud y al descanso,  el ambiente está tan corrupto por las marcas de tropiezos en caminos oscuros, que mantener ese sentimiento «quieto» es tan difícil como intentar encender una vela en una tormenta de viento.

Cómo me gustaría poder apretar un botón que active en mi corazón un Cono del silencio  un cofre incorruptible que atesore esas victorias  tan luchadas. Que las acumule como monedas de videojuego y me dé más vidas para seguir jugando a pesar de las dificultades.

Pero no es como en los cuentos de hadas en los que la Cenicienta se casa con el príncipe y uno cierra el libro y fin de la historia.

El combo de la fortaleza viene acompañado con las papas grandes de la debilidad, y la cajita feliz de la seguridad incluye un paquete de tentaciones para llevar.

¿Podré algún día, quedarme  viendo ese increíble paisaje en lugar de intentar guardarlo en mi memoria lo más que pueda, porque sé que la noche llega y tengo que bajar de la montaña?

Supongo que sólo en el Cielo...

 Francisca Beccar Varela

Cruce de Caminos (María Sol Rufiner)

Fernando Fader, Fin de otoño
(Ilustró Marisa Mosto)




Oh amado ¿dónde estás?
Que las nubes te van cubriendo ya .

Oh amado ¿dónde estás?
Que aquí al final del camino
Ya no te veo más

Oh amado ¿dónde estás?
Que las nubes tapan la vista
Pero al abrirse una encrucijada revelando van


María Sol Rufiner





martes, 20 de septiembre de 2011

Crónica (de una pasión de ciudad) Héctor Makishi

Ana Mendieta,  Fuego  (Ilustró Ángeles Smart)


En la madrugada del día de ayer,
un extraño incendio conmocionó a la ciudad.

Miembros de la policía y de los bomberos
no han podido decretar, hasta hoy,
las remotas causas de este siniestro.

 Lo curioso de este incidente,
fue encontrar alrededor de la hoguera
una multitud considerable de amantes
queriendo albergar, según sus propias declaraciones,
el calor que andaban buscando para sus fríos
corazones de invierno.

El Gobierno de la Ciudad, absorto por el hecho,
ha declarado:
“A veces, es preferible
un Nerón gobernando
que muchos Augustos dejando límpidos
legados para la Humanidad”.

Omnia  vincit amor (1)

[1] Virgilio, Bucólicas, X, 69 – tr. “El amor lo vence todo”



 Héctor Makishi

Creer (Teresita Suriani)

Foto tomada por Teresita Suriani en el Cementerio de la Recoleta

    Por más que lo piense, lo razone, lo analice por todos lados y me de cuenta de que esto, esto de existir, de nacer, respirar, vivir, vivirnos hasta el hartazgo y morir. Sí, sí o sí morir. Por más que todo cierre, que me cierre que no hay razón, no hay un por qué. Como en esos juicios de las películas en que todo encaja menos por qué el asesino hizo lo que hizo. Falta el motivo. Sí, entiendo racionalmente que Dios existe, que creó el mundo con su omnipotencia. Lo que nunca va a quedar claro es ¿Por qué? ¿Por qué Dios? ¿Cuál es el motivo? ¿Qué loco impulso y de qué te llevó a hacernos? Por más que entienda que eso no tiene respuesta ni explicación, al menos no para nosotros. Sí, por más que todo eso me atormente, no puedo evitar rezarte, todos los días, y pedirte confiada ayuda- a veces sólo te uso cuando me siento asustada-, y agradecerte, y cantarte y cumplir con miles de cosas. Pero más importante que todo, rezarte, hablarte, encontrar consuelo en confesarle al silencio inescrutable de tu ausencia, o tu presencia. Y lo que no te confieso te encuentro sabiéndolo igual, como un ojo vigilante al que nada se le escapa. Y es que por eso me sorprende tanto el hecho de rezarte, y no saber quién es ese “te” que está del otro lado de mi oración. Y en el acto de rezar no hay nadie delante, no hay nadie frente a quien fingir, no hay personas que complacer, ni apariencias que conservar. Somos sólo Vos y el silencio y la oscuridad y el secreto sin testigos, y mi yo, disminuido, desgarrado, inexistente casi, puesto que nadie podría dar cuenta de nuestros momentos de soledad, de invisibilidad.
     Y el hecho de que te rece así tan sinceramente, a pesar de la cabeza que me pesa como piedras, la cabeza que se cae, se tambalea y no soporta más el peso de sus propios pensamientos y la inutilidad del ser, y de la existencia. Sí, a pesar de la cabeza. Ese hecho me hace pensar que eso es la fe y, por lo menos en mí, siempre sobrepasa a mi extremo más racional y lo vence, y lo utiliza para formular las palabras del “yo creo” y “confieso” y “por favor, ángel de la guarda, no me dejes sola, nunca, en la oscuridad” y el “no sé cómo, pero sé que hay alguien ahí, atrás de mi espalda, como cuando era chiquita”. Y pienso que eso es la fe, y es eso, y estoy harta de que me digan que no es un sentimiento, porque no, no estoy diciendo que lo sea. Es eso y una seguridad, un escalofrío en las entrañas que no pueden dejar de hacerme sentir, sentirme a mí misma, y no poder negarte, literalmente no poder. Y cuando no está eso no hay nada, si no lo sentís en las entrañas no hay nada, sólo tu cabeza. Y tu cabeza no puede darte un escalofrío tan frío y nítido en el alma.
      Y por eso no entiendo cómo pueden decir que hay gente que vio la verdad, recibió el don de la fe y lo rechazó, y por eso se condenarán. ¿Cómo podemos decir eso? Si no lo podemos manejar y el sentido común nos dice que nadie, pero nadie, que sienta que se le levantó el velo y supo una parte de la verdad, podría rechazarla. Si alguien no cree es simplemente porque no cree, no lo siente, no piensa que esa sea la verdad, así como nosotros pensamos que muchas cosas que otros creen verdaderas son falsas. Y ¡qué ridículos!, me indigna cuando escucho que dicen: ‘les fue otorgado el don de la fe pero lo rechazaron’. Es la contradicción más grande del mundo. La fe, ese gancho que nos sacude, que puede mover montañas. Sí, ese, cuando te agarra no tenés elección, no decidís creer, simplemente crees. Y ya no sos vos la que reza, son tus entrañas.

Teresita Suriani

lunes, 19 de septiembre de 2011

Correrse (Fernanda Ocampo)

Escena de la película El lado oscuro del corazón, B.A., 1992, Eliseo Subiela 
(Ilustró Marisa Mosto)



Correrse… moverse de un lugar, apartarse, distanciarse, separarse, alejarse, distinguirse.
Correrse de los peligros y riesgos que ponen la vida en emergencia.
Correrse de los excesos y del goce destemplado sin obligaciones ni deberes ni miramientos.
Correrse de la rebelión, la permisividad y la ligera autoindulgencia.
Correrse de las faltas e injusticias de las “malas compañías”.

Pero no correrse tanto…

No correrse hacia ese lugar donde, bien lo sabes, no puedes ser hallado… donde quedas cómodamente resguardado. Donde no pueden herirte ni las balas ni los flechazos, pues tu piel, revestida está de acero y de titanio. Donde la respiración es helada, y donde el corazón estrujado, se consume entre barrotes, doblegado.
Correrse, pero no correrse tanto…
No correrse hacia ese palacio donde, tú lo sabes, la risa es ahogada y la sal en sus rincones mezquinamente atesorada. Donde la rigidez de las formas no da lugar a la delicia de las travesuras. Donde tú, diminuto príncipe triste, atormentado y solitario, reinas con tu pesado y severo báculo, como en un castillo de espejos habitado por espectros.
Ojala puedas correrte sin correrte demasiado...
Pues si has de correrte de los peligros y riesgos que ponen la vida en emergencia, ten cuidado de que tu disposición a la vigilancia no sea excesivamente cauta, y de que no sea un miedo cobarde el que te impide actuar.
Si has de correrte de los excesos y del goce destemplado sin obligaciones ni deberes ni miramientos, ten cuidado de no mutilar el deseo, la capacidad de disfrute, y la vitalidad.
Si has de correrte de la rebelión, la permisividad y la ligera autoindulgencia, ten cuidado de no convertirte en tirano y cruel juez de ti mismo.
Si has de correrte de las faltas e injusticias de las “malas compañías”, ten cuidado de no elevarte en un pedante e indiferente modelo de pulcritud moral, y acepta que tú también cualquier día puedes ser una de ellas.
¡Qué difícil, el arte de correrse!

Fernanda Ocampo

Cornada (Mario Šilar)

Ilustró Mario Šilar

La palabra suena un tanto desagradable, o tal vez sean los prejuicios y anticipaciones de sentido. El caso es que, aunque sea un poco larga, es como si “sonara” a lo que “significa”. Como suele poner una persona que conozco, la cadencia se ve más clara de este modo: cor na da. Tengo una nebulosa de recuerdo, de cuando era pequeño, de algo que en la tele llamaban “sanfermines”, no sabía si ello era el nombre de la ciudad, de la provincia, o vaya uno a saber de qué. Junto con la referencia a ese “nombre” solían aparecer en la pantalla enormes aglutinamientos de personas, todas vestidas de modo idéntico: atuendo blanco, pañuelo y “cinturón” rojo (en aquel tiempo no sabía que aquello era una faja). Estas multitudes corrían por calles antiguas y empedradas, apenas podían moverse y, para más “inri”, unos enormes toros, morlacos que también le dicen por aquí, sueltos y corriendo detrás o “junto” a estas simpáticas personas.
No dejaba de parecerme uno de los ejercicios más elaborados de irracionalidad eso de pretender correr delante de un animal de más de 600 kilos, más rápido en carrera que el hombre e instintivamente ordenado a la embestida hacia arriba (de ahí que se usa el término “toro” para describir a los brokers que invierten a la alza en bolsa, a diferencia del “oso”, que con su zarpazo descendente, ilustra al inversor que juega a la baja) y a la cornada. Además, en su momento también leí algunas de las censuras y condenas medievales a ese espectáculo tan legendario como típicamente ibérico: las corridas de toros. La bula “De Salutis Gregis Dominici” (1567), de San Pío V, es aleccionadora… y toda una paradoja, ya que el eje de la fiesta es celebrar al Santo del capotillo, patrón de Amiens, Lesaca y copatrón de Navarra: el morenito San Fermín. Se puede pensar que a veces no sólo los hombres viven de sus inconsecuencias, también los pueblos. En todo caso, una investigación filosófica que aborde el sentido de la tauromaquia, en el contexto de una filosofía del arte y philosophia perennis es una tarea que resta por hacer. Confío para ello en Juan Pablo.
Hubo un tiempo en que cuando llegaban los sanfermines, y casi sin darme cuenta, intentaba escapar. En mi afán intelectualizante llegué incluso a reflexionar sobre la fiesta, lo hice bajo el ampuloso título de “Sanfermines: la seductora huida del anonimato”. Yo, señorito procedente de hiper-ciudad veía en ese afán por la prenda común el anhelo de los pueblerinos, demasiado conocidos unos de otros, por perderse en la marejada de turistas y forasteros que invadían su aldea. Como de costumbre: no fui capaz de entender nada.
Los años pasaron, conocí a gente especial –Mitxel, Ainhoa y tantos otros–  y ya llevo varios sanfermines vividos “en primera persona” o “desde la perspectiva del agente” (como diría uno de mis autores favoritos). Ahora, el empedrado húmedo, los guiris invadiendo la ciudad, el txupinazo, el “aroma” del kalimotxo, el Riau-Riau, la curva Mercaderes, los txistularis y dantzaris, los gigantes y cabezudos, la Jota y el “pobre de mí”, forman parte de una fauna tan singular como cercana y conocida. Y, a mi pesar, más frecuente que el añorado strudel y la potiza. La vida y sus misterios.
Mario Šilar

domingo, 18 de septiembre de 2011

Consecuencia (Nicolás Balero Reche)

Copiado de http://refugioantiaereo.com/2011/01/el-efecto-mariposa-version-malvada
(Ilustró Marisa Mosto)


“¿Quiere leche con el café, señor?” Le preguntó el mozo a aquél señor que fue a tomar un café al bar de la esquina después de una ardua jornada de trabajo.
Eran las seis de la tarde, “es hora de volver a casa” pensaba aquél señor, mientras salía del edificio donde todas las tardes vivía sus minutos ingresando datos a una computadora. A punto de tomarse el 168 (¡al fin uno con cartel rojo!) le llamó la atención aquél nuevo bar de la esquina, que abrieron tan sólo la semana pasada. Tal vez si no hubiera tenido ese cartel luminoso no le hubiera llamado la atención. “¿Por qué no salir de la rutina alguna vez?”, pensó. Tal vez si no se hubiera levantado esa mañana con ganas de probar cómo sería vivir según el carpe diem no hubiera entrado a ese nuevo bar para leer el libro que le tocaba esa semana: “Caos: La creación de una ciencia”. Se pasaba leyendo libros de filosofía en sus tiempos libres, convirtiendo en un ilusorio hobby una vocación ya marchita; tal vez si no hubiera escuchado la primera incógnita de sus amigos luego de contarles que quería estudiar filosofía: “¿y de qué vas a trabajar? Te vas a morir de hambre”. Terminó estudiando recursos humanos, y terminó casi muerto, pero de angustia. Tal vez si hubiera tenido algún amigo que le aconsejara seguir su vocación… Sin embargo, quiso darle nuevo aire a su pesada vida: salió de la rutina; igualmente, el 168 no hubiera parado: venía lleno.
Sí por favor, con un poco de leche”. Aquél mozo pidió el café al otro mozo que los jueves le tocaba encargarse de la máquina cafetera, tal vez si no hubiera sido jueves... Agarró la jarra de leche, la cargó de la Serenísima descremada y la metió en aquél chorro de vapor que logra increíblemente la espuma. “Me hacés dos lágrimas” cantó un mozo. “¿En jarrito?” respondió, desviando la mirada tan sólo medio segundo, pero eso bastó para que sin querer la jarra quedara lejos del vapor, así la espuma ya hecha saltó para todos lados, le quemó la mano al mozo; lo que hizo que por reflejo soltara la jarra, y si Reflejo no se equivocó suficiente en la primera… hizo también que la otra mano intentara atajar la leche que se caía (¡como si fuera posible!): a veces los reflejos no toman tan buenas decisiones, deberían pensar más. La leche casi hirviendo sobre la mano: “Accidente laboral: ¡una semana en casa!, voy a poder pasar más tiempo con mi hijo” fue lo segundo que pensó el mozo, lo primero, obviamente, el dolor.
Un nuevo dolor de cabeza para el encargado, que recordó que su botiquín estaba vacío, sólo tenía curitas. Nueva inversión para este mes: gasas, cinta, alcohol, Pervinox, y un poco de Platsul, obviamente envase chico, porque sólo lo necesitaría para esta ocasión. El pobre mozo no sólo salió herido sino que también tuvo que ir él mismo a comprar  la crema para las quemaduras. Por suerte no había nadie en la cola de Farmacity (fue a esa aunque quedaba más lejos porque la del Dr. Ahorro estaba cerrada, la estaban remodelando, justo esa semana), y a pesar de que estaba solo, la farmacéutica no encontraba las gasas; la causa: el chico de reposición era nuevo. Llegó una mujer muy apurada, necesitaba una prueba de embarazo. No sé por qué estaba apurada, como si tener la prueba diez minutos antes cambiara en algo el resultado. Logró comprarla luego de que terminaran de atender al mozo y luego de escuchar los insultos hacia el repositor por parte de la farmacéutica. Corrió a la parada, pero no llegó. El colectivero no le abrió la puerta en la esquina; si tan solo no se hubiera tomado licencia Carlos: ése sí que le hubiera abierto la puerta. ¡A buscar un taxi! Nunca lo encontró. Justo hoy, cuando más los necesitaba no aparecía ninguno.
El supuesto padre del causante de un atraso de dos meses pasaría por su casa para saber el resultado. El supuesto padre así lo hizo. Esperó aproximadamente veintiocho minutos y 34 segundos en la puerta. Pero esos minutos le valieron para que su pensamiento terminara de decidir que no quería en realidad saber cuál sería el resultado sino que lo mejor era emprender lo más pronto posible (¡ya!) el viaje que tenía planeado a Europa para la semana entrante, y tal vez, quedarse a vivir allí. Tomó un taxi que sí pasó por la puerta de la casa de la mujer si/no embarazada y se subió decidido a empacar y probar suerte con el cambio de fecha del pasaje. Cinco minutos después, llegó ella a su casa. Dio positivo. Semejante noticia y recibirla sola, tal vez eso la marcaría para siempre. Casualidad o causalidad, aquél niño crecería sin padre. Tal vez con otras circunstancias sí crecía con padre… no importa,  El destino (¿?) dio su veredicto.
¿A dónde?” dijo el taxista. Gascón y Córdoba por favor. Rápido. Tal vez si no hubiera dicho rápido no hubiera agarrado ese camino que lo llevó a encontrarse con el pedazo de botella de vidrio rota que había quedado allí desde aquella Navidad, cuando fue sostenedora de proyectiles antes de morir reventada. “Disculpe señor, lo puedo traer hasta acá, se me pinchó la rueda”. “No se haga problema” fue la respuesta, y el huidor se subió a otro taxi, sin pagar el anterior.
“Mi amor, voy a llegar tarde a casa, pinché una rueda y la de auxilio también la tenía pinchada, voy a tener que llamar a la grúa”. Si tal vez hubiera arreglado la de auxilio aquél sábado en el que un cordón y un mal cálculo al estacionar le regalaron un dolor de cabeza, hubiera llegado más temprano. “No te hagas problema Omar, te espero para la cena”.
Los ladrones que estaban a la vuelta de la casa de Omar esperando que llegara con su Fiat Duna (el desarmadero ofrecía 20.000 pesos: los repuestos estaban en falta ese mes) se rindieron después de esperar una hora: “¿No llegaba a las 8 siempre?” preguntó el que estaba armado, el jefe. “Y sí, ¡toda la semana anduvo llegando a las 8!” contestó otro que solía hacer hasta ese día el “trabajo de campo”. Después de ese día sería “despedido” por no averiguar bien los horarios. “Mejor mañana, éste por ahí no llega más” decidió el jefe. Omar jamás se enteró que su auto iba a ser robado, tal vez si sabía esto no hubiera insultado tanto el hecho de esperar tres horas la grúa y no llegar a cenar a su casa.
Los ladrones doblaron en San Martín. Una moto había decidido infringir las normas una vez más e intentó pasar el auto por la derecha, justo en el momento exacto en que doblaban. El choque fue inevitable. Causalmente, digo, casualmente vio esto un policía que se había quedado diez minutos más en su esquina fuera de turno, esperando a la vecina del edificio marrón: le había prometido un beso antes de volver a su casa, terminado su turno; valía la pena esperar. Cuando se acercó al choque, los ladrones le dispararon (¿valía la pena esperar?) y huyeron. En ese momento bajó la vecina que al encontrar a su amado herido, llamó desesperada al 911, menos mal que había bajado con el celular, le iba a pedir el número al policía, que ahora yacía muerto en la vereda. La bala atravesó un pulmón, dos milímetros un poco más a la derecha y tal vez se salvaba. Casualidad o causalidad, aquél hombre dejaría huérfanas a dos hijas que lo estaban esperando en casa Tal vez hubiera podido evitarse esta consecuencia; no importa, El destino (¿?) dio su veredicto.
Terminé mi libro. Muy bueno. Igual no le creo nada a este Gleick, para mí que era demasiado extremista, ¡mirá si los pequeños detalles pueden realizar tantos cambios!, ¡mirá si el vuelo de una pequeña mariposa puede causar un huracán en otro punto del planeta!” pensaba el señor que quiso salir de la rutina. Ya se había terminado su café. “Me parece que me voy a pedir otro… ¡Mozo!”. Espero que esta vez lo pida sólo y no con leche, no se sabe qué consecuencias puede llegar a traer este pequeño detalle.

 Nicolás Balero Reche






Conexiones (Sofi Montagnaro)

Manuel Arriata, Cosmovitral, Toluca (México) 1910
(Ilustró Ángeles Smart)



Casi innumerables son las formas de conectar entre personas. Recientemente tuve una que no tenía hace mucho, casi un año diría.
Hace una semana fui con la facultad a un taller de vitrales en el que el maestro vitralista (¡cómo me gustó escuchar que se refirieran a él con ese gran título!) nos dio una charla sobre la historia del vitral: su relación con la alquimia; las discusiones medievales de si el vidrio tendría que hacer de la luz que lo atraviesa opaca o simplemente transformarla en esa tonalidad mágica que nos da la sensación de estar en un lugar realmente celestial. Casi terminada la parte histórica una compañera decidió preguntar cómo llegó él a este arte tan particular. Desde el momento en que el maestro dijo “¡Qué buena pregunta!” no pude desconectarme de él.
El maestro comenzó explicando que tuvo una crisis existencial de esas que se viven alrededor de los 30 años, en la que decidió abandonar todo lo que venía haciendo para tomarse un tiempo y ver cuál podría ser su lugar en el mundo. De esta forma llegó a acomodar autos en un estacionamiento, que lo llevó a encontrar un recorte de diario en el suelo de su trabajo. Este hecho fue el que marcó su hados: era un recorte sobre un taller de vitrales. Casi impulsivamente llamó al teléfono indicado y decidió ir a una entrevista con el que luego sería su maestro.
Durante su relato, que iba desde la llegada al taller hasta el cómo armó el suyo propio, sentí algo hipnótico que me llamaba a escucharlo sin querer perderme ningún detalle, ni de la historia ni del énfasis que ponía en las palabras. Fue una conexión basada en una completa atención visual y auditiva; una conexión en la que ese ser hipnótico se da cuenta del poder que tiene y que, por esta razón, tampoco quiere dejar de conectar con nosotros. Llegué a creer que éramos las únicas dos personas del lugar. 
Este tipo de conexiones poco frecuentes son las dadas por la pasión que media en la comunicación. Tal vez a ustedes les pase más a menudo, pero no creo haber vivido muchos encuentros como éste. Son encuentros que de alguna manera marcan, modifican y nos ensanchan. ¿En qué me modificó? Tal vez me devolvió un poco esas esperanzas, opacadas vaya uno a saber por qué,  de encontrar mi lugar en el mundo y aquello por lo cual puedo apasionarme. Todo esto, siguiendo su curso natural y lógico, me hizo reflexionar sobre qué es lo que me apasiona: encontré cosas, momentos, gente, pero vi que nunca tuve la valentía de intentar hacer de eso que me apasiona mi vida. Tal vez sigo necesitando pequeños empujoncitos o grandes conexiones como ésta que comparto con ustedes.
Siento que ya aburro con mi temita de la búsqueda. Les pido perdón, pero no lo puedo evitar. Muchos de ustedes muy probablemente han encontrado su lugar o el cómo llenarlo, pero es algo que me cuesta muchísimo. Creo que es así porque para llegar a esto necesito previamente cumplir con lo dictado por el Oráculo de Delfos, que tampoco es tarea fácil. Anyway… ¡A seguir caminando!
Jueves 1ro de septiembre. Una Sofi llena de ganas.
Sofi Montagnaro



sábado, 17 de septiembre de 2011

Conejos (Clemencia Campos)

Versión para la Wii, Nintendo DS y pc de la adaptación de Tim Burton a Alicia en el País de las Maravillas.
(Ilustró Ángeles Smart)





En una almohada blanca, tierna y suave como una nube, llena de plumas blancas se encuentra mi cabeza desplomada, rendida al potencial sueño, al viaje interno.
Pero en el intento semidormida, taciturna entre el sol y la luna, entre el sueño y la vigilia, en vez de ovejas contaba yo conejos y palomas que salían sorpresivamente de una galera negra, vacía y sin fondo, producto de mi imaginación de mi inconsciente o de vaya a saber qué experiencia de la infancia.
En definitiva, aquí estaba yo, o allí. (No lo tengo bien delimitado todavía; hay confusión de planos).
Es –era- magia, ciencia esotérica que mediante conjuros de palabras invertidas o quizá inventadas, logran estos magos filócratas, reunidos en el salón oscuro de la razón alrededor del fuego que nace de la galera negra, vacía y sin fondo, concebir  principios infundados de colores jamás pensados.
Y de espectadores…niños. Niños ingenuos de mentes plastilinas que con un zig-zag y un bailar de la varita se creen cuanto cuento chino le inventan. Creen todo. Y así, conviven en una misma masa homogénea, multicolores pensamientos en armonía.
Perspicaces como zorros y sabios como las lechuzas son, en engaños, estos magos que sacan conejos y palomas de una galera negra, vacía y sin fondo, engalanando y encantando a estos niños dejándolos perplejos y no entiendo demasiado cómo se ha llegado a tal final (¿conejos y palomas de la nada?).
¿Por qué usan guantes estos artistas y modeladores de mentes inocentes? (Se preguntan, me pregunto…)
Pues ha de ser para evitar lavarse las manos, para no cargar a cuestas con un muerto, las culpas y los engaños, pienso.
Y así es como nacen los conejos y las palomas, (por lo menos así lo hacen en mí sueño, que ilusa, ahora que lo pienso) que en el despliegue de su andar, éstas últimas levantan vuelo y no encuentran mejor nido que las cabezas de los niños espectadores acolchonadas por la multicolor plastilina. ¿Y qué será del destino de los conejos? Son los ositos de felpa que los crédulos fideístas a pesar de crecer, algún día, nunca podrán dejar de abrazar; pues en estos encontrarán siempre calor, regocijo y seguridad.
Me han envenenado de magenta, de miles de colores, y sigo con mi peluche arrinconada en el oscuro cuarto, en la noche, pensando en crear, tal vez MI color. Me pregunto si se podrá (¿).  Quisiera dejar volar las palomas de mi mente…
Estoy sumida a este encanto de sueño que no me deja despertar.

  Clemencia Campos

Comunidad (Luis Baliña)

(Ilustró Marisa Mosto)


Comunidad que fracasó con Candela.
Esto nos afecta, nos toca. Menos mal que nos toca.

Nos duele.
Comunidad política: fracasó, a mi juicio porque perdió el sentido de los límites que hay que poner, y perdió la noción del monopolio de la violencia en una sociedad donde hay violentos. Me gustaría ver qué dice R. Girard de esto.

Comunidad policial: fracasó

Comunidad social y barrial dentro de la que me incluyo: fracasó

Comunidad familiar: fracasó

Entonces, Agustín y Kierkegaard dicen: signo de vida.

¿De quién? de la comunidad.

Pero si hay heridas están para ser cuidadas, sanadas tal vez.

¿Cómo se sanan las heridas de la comunidad?
El "se" es una trampa. Cambio la pregunta y la dejo abierta:
¿Cómo sanamos las heridas de la comunidad?

 Luis Baliña

viernes, 16 de septiembre de 2011

Comprendí (Andrés Suriani)

Foto copiada por Andrés Suriani de http://manchasdetinta.blogspot.es/
 


Comprendí que algunas baldosas a veces están flojas
Entonces aprendí a fijarme por donde camino
Comprendí  que en invierno hay que sentarse en la parte de atrás de un colectivo
Que las avenidas se llevan los sueños
Y las ráfagas de aire frío nuestras preocupaciones

Que la música nos da vida

Comprendí que el amor te espera en la esquina
Comprendí que los billetes a veces son falsos
Comprendí a no correr el colectivo, tiempo sobra


Comprendí que no hay mejor refugio que la lluvia
que las lagrimas se lavan
y las sonrisas se multiplican


Comprendí que los semáforos tienen ritmo
que los ojos ven con el al alma
que los bastones tiene razón
porque sólo se ve con el corazón

Andrés Suriani

Cómplice (Mercedes Jacquelin)

Henri Matisse, Icaro, el vuelo mágico
(Ilustró Marisa Mosto)



  "abro de par en par las puertas
 a la energía original
 de la naturaleza desenfrenada"    
  Walt Whitman



Sin escrúpulos desparramo
mi cuerpo en el suelo

la tarde sofocante
me atrapa con sus aromas

expira el día

extenuado, un zorzal
silbotea su plegaria nocturna

lentamente las sombras
inventan otra escena

y yo, no soy la misma
esta tarde ni la de ayer

cómplice
en esta naturaleza desenfrenada

cautivada por sus ecos

a mí también
se me escurre la vida.

Mercedes Jacquelin




jueves, 15 de septiembre de 2011

Colores (Luli Nazar)

(Sobre la pintura)
“No se trata de copiar pura y simplement sino más bien
de trasladar a otro lenguaje, el de los colores” (Vincent Van Gogh, Carta a su hermano.)
Ilustró Luli Nazar


COLORES

Definitivamente no pasan desapercibidos por mi vida. No. ¿Qué sería de mí sin los colores? ¿Qué sería del ser humano sin los colores? Estoy pensando en estos accidentes tan necesarios, dejando atrás la ciudad que imprimió en mí una huella imborrable. Paris. Generosa ciudad que me brindó la experiencia  de mi encuentro personal con artistas que me llenaron de colores. Gamas inimaginable de colores estaban todas ahí, óleo sobre el lienzo.
Creo que los colores nos acompañan en nuestros estados de ánimo, estoy convencida de que pueden levantarlo o reflejarlo. Ellos llamaron profundamente mi atención, nunca me había detenido a pensar en esto, pero en este viaje sucedió un encuentro. Flores coloridas decorando balcones de casas antiquísimas. Los colores del cielo en el atardecer reflejado en el Sena. Colores que me transmiten alegría, me levantan el ánimo y me dan ganas de tenerlos a todos puestos encima.
Mientras pensaba y me imaginaba con todos los colores encima, interrumpió este vuelo la idea de que hay una condición de posibilidad de los colores: mis ojos y la luz. Sin esta relación recíproca los colores perderían su esencia, no sólo el “ser en otro” sino el “ser en mí”, alterarme, cambiarme. La luz, genera la experiencia de la que hablaba y mis ojos, la buscan.  Los colores de los cuadros Monet y ni hablar de Van Gogh-bendita locura- colores amalgamados, destellos y pinceladas de óleo que no sólo componen un cuadro y lo clasifican sino que hacen que cobre vida invitándome a sumergirme en ese mundo imprimiendo toda su belleza en mi retina.

 Luli Nazar

Colores (Ariel Mansilla)

Eduardo Mac Entyre, 572x578
(Ilustró Marisa Mosto) 



Grita, desde lo más profundo de su propio calabozo, ahí donde nadie puede oírlo, verlo, tocarlo, sentirlo. En su soledad, ve cómo se van los colores, esos que tantos sentimientos expresaron, tantas palabras plasmaron y tantos momentos congelaron. Su rojo, el color de su alma. Definido, con furia y potencia, siempre en busca del todo, sin mirar atrás, sin pensar, solo actuar. El azul, guía y eje de todas las acciones racionales, ejemplo de centro en el camino a la paz, esa que tanto necesita, pero tan pocas veces pudo tocar. Violeta, contrapunto entre los dos anteriores, las dudas, los miedos; el generador de preguntas primarias en la falta de capacidad a la hora de elegir. Todo se vuelve gris de a poco, tragando cada rayo de luz que se cruza en su camino y volviéndolo monótono, sin vida.
Cada color representa un momento de su vida, un minuto en su día, un segundo en su razón, esas idas y vueltas donde las creencias se mezclan y convergen en ríos sin evolución, en claro camino recto al peor de los lugares.
Nacen en lo más profundo del concepto, donde las letras se unen, donde todo inicia. El sabe a cada paso como retenerlos, los ama y disfruta, no los puede dejar ir. Son parte del todo, ese “todo” que arma su realidad. Esa que tanto disfruta a cada segundo, en cada latido, suspiro a suspiro. El segundo de reflexión donde la visual cobra valor, cada rincón encuentra su sentido, las sombras se diferencian de la luz y la complementan, el aire se congela, deteniendo el tiempo. En ese instante todo se vuelve claro, en cada átomo de esas visuales hay un color. El es color; es parte de todo y todo es parte de el. 

 Ariel Mansilla


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Coetáneos (Federico Caivano)

Salvador DALI: El reloj blando, 1931, 80 x 60 cm
(Ilustró Federico Caivano)


Cada tanto me asombra encontrar que dos personas vivieron en la misma época, sobre todo si tal vez tuvieron oportunidad de conocerse o por lo menos, aunque no se reconocieran (porque no fueran famosos o simplemente no se vieron), de estar cerca, como haciendo un cameo en la vida de otro personaje histórico. Hay personajes que uno no suele pensar conjuntamente con otros personajes o hechos, como San Martín, el cual, aunque no se sabe a ciencia cierta, parece que nació alrededor de 1778, época tan importante entonces para la independencia norteamericana como para la sudamericana. El mismo San Martín que era tres años menor que Schelling y que le debe haber dado tema de conversación cuando llegaban noticias de América a Europa.

Otra coincidencia que me gusta mucho es que Kant, por no salir nunca de su ciudad no llegó a conocer a Mozart ni a Beethoven. Si bien es cierto que Königsberg no está muy cerca de Viena, medios no le hubieran faltado. ¿Quién sabe si incluso haya tenido noticia de aquellos otros genios?

Y claro que puede pasar lo mismo con los productos y la tecnología. Si bien recién en la era industrial y su posterior evolución en la globalización fue posible un acercamiento de productos, imágenes y personas antes desconocidos entre sí, me gusta pensar que por lo menos existieron al mismo tiempo en este planeta. Por ejemplo, me llevé una gran sorpresa cuando vi que el envase de Schweppes decía “1783”, seis años antes de la Revolución francesa. Investigando un poco más, descubrí que Coca-Cola comenzó a venderse en EE.UU. en 1886, tres años antes de que Nietzsche sufriera el famoso colapso mental.

Hay varios personajes también que por su longevidad han vivido una inconmensurable cantidad de hechos históricos. Ray Bradbury me parece tal vez el caso más extremo de esto; nació en 1920 y sigue vivito y coleando. Esto significa que ha visto ir y venir no me atrevo a pensar cuánta cantidad de modelos de aviones, autos, barcos, aparatos electrónicos, medios de comunicación (la televisión, Internet, películas desde Chaplin hasta las actuales en alta definición y 3D…), músicos, etc… Si bien nació después de la revolución rusa, ha visto el surgimiento, apogeo y caída de la Unión Soviética, con la carrera espacial y su culmen en el alunizaje, además de las imágenes del suelo marciano tomadas por los robots enviados hace un par de años.

A continuación entonces, una lista de coetaneidades en las que sus integrantes seguramente se hayan conocido entre sí o por lo menos vivieron en la misma época. Tómese de a un integrante por vez y asócieselo con otro para mejor resultado:

Schweppes y la Revolución francesa, junto con el Luis XVI, María Antonieta y Napoleón.

Nietzsche y Schweppes y Coca-Cola.

Wittgenstein y Schweppes y Coca-Cola.

Picasso y Jung y Elvis y Wittgenstein y Schweppes y Coca-Cola.

Heidegger y Sartre y los Beatles y los Rolling Stones y Elvis y Picasso y Jung y Schweppes y Coca-Cola.

Perón y Evita y Heidegger y Sartre y los Beatles y los Rolling Stones y Elvis y Picasso y Jung y Schweppes y Coca-Cola.

Ortega y Gasset y Perón y Evita y Heidegger y Sartre y los Beatles y los Rolling Stones y Elvis y Picasso y Jung y Schweppes y Coca-Cola.


Federico Caivano

Cobarde (Noelia Vanrell)

Francisco Ribalta, Cristo abrazando a San Bernardo, 1624-1626, 158x113cm, óleo sobre lienzo
Ilustró Noelia Vanrell

 



Un abrazo

sostenido en la espera

en tus brazos

de carne herida y palpitante



Un abrazo

esperado en el llanto

descubierto en silencio

inconfesado deseo



Tu abrazo

promesa callada

de tu palabra dicha

y de mi no escucharla



Mis brazos

de carne cobarde

que se cierran, no se abren

que aún temen abrazarte

  

                              

Noelia Vanrell

martes, 13 de septiembre de 2011

Clorofila (Mateo Belgrano)

Wassily Kandinsky, Composición VII (1913). Oleo sobre lienzo 200 x 300 cm
(Ilustró Mateo Belgrano)


Convulsiones frenéticas embisten el vértigo del blanco, de la nada enmarcada, con fervientes arremetidas policromas. Quién sabe cómo está el día, cómo anda la vida. El olor de pintura concentrada ataca a los extraños, el taller cerró hace rato sus puertas para poder respirar y no abrirá hasta que encuentre lo que se vino a buscar.
La paleta carga el vestuario de posibles, mezclas mansas a la mano. La aurora de dedos rosa tiñe el bastidor y amanece la pintura. Un verde arbolado encierra un horizonte, y por el paso de la escobilla crecen flores carmín y el amarillo de los girasoles. Luego caen las formas y un mundo se llena de colores, se envuelven y se pierden en el otro, y yo me busco, no hay duda, pero nunca me encuentro en el mismo rincón.
En mi infancia creía, o más bien intuía, que cada persona tenía un color propio y antes de entrar a clase, intentaba descifrar que color era cada uno y me divertía pensando a mis compañeros como “verdes”, “rojos” o “azules”. Pienso ahora que quizá cada uno es un matiz y el alma sea simplemente una traslúcida acuarela con la que Él mismo nos pintó. Me gusta pensar que nos hizo en colores.
Siempre me consideré un azul. Quizá por los ojos del viejo, por el mar de Mamá, quizá por los búlgaros añiles de la abuela o por esa calma profundidad índiga, que nos empapa. No sé, a veces pienso que todo lo veo azul.
Y en mi boceto, busco el espejo. Pigmento único e irrepetible que guarda mi secreto, ¿dónde está? Y desde lo más hondo me desdoblo, en tintes y trazos palpita un corazón, encontrándose y desencontrándose. La armonía entre el color y el artista se funda en la adecuación y el contacto con entre el óleo y el alma (¡Salud Kandinsky!). Ya aparecerá ese acrílico que al untarlo abrace al espíritu.
Y uno sigue pintando, sigue buscando, pero después de un rato, se abren las puertas y ventanas del taller para que corra el aire. Y luego de la larga jornada, con las manos llenas de pintura y el alma lista para volver a ser pintada, salgo a caminar a esa gama urbana, a la ciudad colorinchuda, a perderme y encontrarme entre los colores de la vida.

Mateo Belgrano

Cliente (Martín Grassi)


(Ilustró Marisa Mosto)


No lo puedo creer... suena el teléfono y no atiendo ni a mi vieja, ni a mi hermano, ni a mi amigo con el que me iba a ver a la noche, ni a mi mujer que me quiere mandar a hacer compras, ni mi abuela desde el más allá... no, es una máquina estúpida que me advierte que mi vida acaba de dar un vuelco apocalíptico, arengándome a tirar el libro de San Juan por la ventana y abrazar el mundo nuevo al que puedo acceder por solo $30 mensuales. ¡Qué barato!... cómo me idiotizo también con la máquina... ¿barato?... Es una estafa hecha y derecha, un insulto a mi nombre, al de mis viejos y al del mismísimo Adán. Menos mal que es una máquina y puedo gritarle todo lo que me surge desde el más recondo hueco de mi estómago... no sé si hubiera podido darme tales licencias ante una voz humana (la de la maquinita claramente no lo es, aunque se le parece): creo que aún mantengo cierta humanidad detrás de mi ser cliente perpetuo de miles y millones de servicios que nacen en cada estación del año (milagro de una primavera constante).
Cuelgo. Mmmm... ¿habré hecho bien?... quizá la oferta me convenía... ¿sería cierta? No creo, siempre hay gato encerrado (pobres los gatos, los usamos para señalar lo peor de nosotros... con lo buenos que son). Pero no sé, al amigo de Juan le ofrecieron un servicio de la gran puta a dos mangos... ¡Qué boludo! La negrita me va a matar... mejor no le digo nada... 30 mangos y tenés internet en tu casa, Wi-fi, 6 megas, todo... en vez de garpar cerca de un Roca, me sale tres Belgrano... con lo que sube todo. La verdad que era una verdadera ganga... verdaderamente una verdad incontrastable, una especie de ego cogito cartesiano, indudable, claro, distinto, exclusivo, personal, mío, y solo mío... bueno, mío y de otros ciertos millones de personas que son clientes también del servicio. Ah, pero colgué... ¡La puta madre! Es que me tienen tan harto con carteles, avisos, publicidades radiales, televisivas (¿vieron la pelotudez de lo del espacio publicitario?: te avisan que vienen 3 minutos de publicidad para que puedas no ver –y así no comprar, porque culo veo, culo quiero-, y después durante el programa que estás viendo te venden más cositas que en el super)... harto de todo esto... ya ni sé qué necesito. Quizá necesite despegar de Cabo Cañaveral para ir directo a la luna y evitar cualquier tipo de oferta... aunque tendría que conseguir antes un Cupón para comprarme el traje de astronauta, sino me va a salir un huevo. ¡Para qué colgué! ¿Y si no vuelven a llamar? Ya extraño la dulce voz de la máquina y su forma tan sensual de decirme “30 pesos, nada más, y tu vida cambiará de un golpe”.... ¡y qué golpe!
¡Está bien! A reflexionar: no somos meros clientes de infinitos servicios, somos más... consumidores de infinitos productos, productores de infinitos bienes de uso y bienes de servicio... Uy, tengo que ponerme a promocionar mis talleres de filosofía, eso sí es un servicio a la comunidad. En fin, antes fue la revolución industrial la que nos alienaba, ahora será la revolución de los servicios, y pronto la revolución informática... siempre seremos unos alienados resentidos...

 Martín Grassi

Cielo (Paula Munaretto)


Claude Monet (Ilustró Paula Munaretto)

Me resulta impresionante saberme parte de un todo; más aun, creerme parte de un todo. Simplemente me sucede que cuando anímicamente estoy un poco deprimida, alzo mi mirada y me acompaña con sus tonalidades: Lo veo lleno de rojos que emanan fuego, que parecieran indicar que se acaba todo. Y escucho al vacío que hay en él llamando desesperadamente  a esas nubes que simulan no estar en este momento necesitado; así como las lágrimas no quieren nacer de mis ojos cuando la garganta se ahoga en ese mismo fuego rojo que el cielo nos muestra. Y nuevamente fijo mi mirada allí arriba, esperando una respuesta. O quizás no, quizás espero solamente una simpatía, una empatía. Un saber que me entiende, que ese cielo lleno de tonalidades ahora cada vez más fucsias y violetas comparte mi sentimiento; que es parte de él. Y sin embargo, el agua no aparece. Sin embargo una vez más pareciera decirme que el fuego no va a apagarse sino hasta que yo decida hacerlo, hasta que de una vez por todas pueda enfrentarme con ese fuego que me ruge y veo reflejado en ese cielo que me mira.
Y no es sólo en esos momentos que me acompaña; sino que es un amigo más fiel del que jamás esperé tener. Pues son más bien sus azules que reflejan al sol los que me entienden y acompañan en la vida cotidiana, en esa vida lejos de las tormentas. Son los reflejos del sol los que iluminan mi vida a diario con sus tonalidades exactas de diversos naranjas y distintos amarillos. Luz de cielo que no sólo ilumina sino que brinda calor a mi vida; da alegría a ese azul que muchas veces por sí solo pareciera aburrirse. Y sin embargo, cuando me detengo a reflexionar sobre él redescubro las profundidades de ese azul. Y ahí es cuando me parece inagotable; me corrijo, ahí es cuando me doy cuenta que es inagotable. Y una vez más, elevando mis ojos a él, me veo allí. Me reconozco allí, en cada uno de esos turquesas, en cada uno de esos cristales espejados.
 Es tan cambiante y a la vez tan sereno; tan presente y sin embargo tan distante; tan mío y tan de todos. Es mi cielo, el que comparto con todos.

 Paula Munaretto