miércoles, 27 de noviembre de 2013

ZZZZzzzz...Adiós muchachos y muchachas










Llegamos al final de la Zeta y retomamos la A para decir... Adiós.

Y qué mejor que un tango para acompasar la nostalgia de la despedida
Y qué mejor tango de despedida del grupo In girum  que "Los Mareados" de Cadícomo y Cobián
La versión de Vitale-Baglietto creo que es para todos los gustos.
¡Qué la disfruten!

                          y,,,    Chan-chan.
                                                  o... Chin-pum
                                                                                como prefieran.



Gracias a todos los que se prestaron al juego,
a los 80 mareados por orden alfabético, como corresponde:

Agustín Porres
Alberto Willi
Alejandro Marticorena
Alexander Vórtice
Ana Watson
Andrés Rambeaud
Andrés Suriani
Ángel Cejas
Ángeles Smart
Ariel Mansilla
Carlos Taubenschlag
Carolina Inés Diez
Carolina Jürgens
Cecilia Mosto
Claudio Marenghi
Clemencia Campos
Cynthia Smart
Dolores Castaños
Dolores Seeber
Estanislao Zuzek
Eugenia Guastavino
Eugenia Varela
Federico Caivano
Fernanda Ocampo
Francisca Beccar Varela
Guadalupe Wimpfheimer
Guillermo Barber Soler
Héctor Makishi
Ignacio Leonetti
Inés Lagos
Inés Uriburu
Javier Nari
Joaquín Cuevillas
Jorge Oscar Marticorena
José Manuel Flores Eudave
José María Schettino
José Martín Valle Riestra
Josep Comas (Marcos Jasminoy)
Lucas Demattei
Lucía Nazar Anchorena
Luis Baliña
Lydia Zubizarreta
Marcela Lopez
Marcelo Gobbi
Marcos Prado
María Echevarría
María Lanusse
María Valle Riestra
María Sol Rufiner
Marisa Mosto
Mario Silar
Mario Teodoro Marzana
Martín Acero Vivanco
Martín Grassi
Martín Horacio Vazquez
Martín Susnik
Mateo Belgrano
Mateo Santillan
Maximiliano Hünicken Segura
Mechi Palavecino
Mechi Rosan
Mercedes Jacquelin
Mili Lanusse
Mimi Blaquier
Nico Balero Reche
Noelia Vanrell
Oscar Gómez Salmerón
Paola Ambrosoni
Paola Delbosco
Paula Munaretto
Raúl Lavalle
Roberto Aras
Rodrigo Sanchez
Santiago Caride
Santiago Vorsic
Santiago Sena
Sergio Chiappe
Sofía Larran
Sofía Montagnaro
Teresita Suriani

Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,  abriré  el corazón lleno de nombres.
(Pedro Casaldáliga)



Zutano, el último (Guillermo Barber Soler)

http://cargocollective.com/joewebb#Kissing-Magritte



Hola
soy Zutano
el ultimo de los últimos
bueno, el tercero,
pero de los últimos

de esos que nadie quiere
nombrar
o que no importan, porque digo:
¿a quién le dicen algo
nuestros nombres?

sí, yo de esos soy el tercero
y cuando hablan de Fulano
-imagínense-
todos agachan la cabeza:
“ese fulano…”
y hay que hacer un ejercicio de abstracción
un anti-rostreo
para poder imaginarse
cómo será
el indeterminado fulano

pero para mí
que soy Zutano, el último
-imagínense-
Fulano es como mi héroe
mi hermano mayor
(que haga lo que haga
seguirá siempre siendo mayor)

porque la gente teme convertirse
en un fulano y yo, en cambio, ojalá pudiera
tener su fama
su fuerza de identidad
todo su arrastre
porque ¿quién conoce a Zutano?
si está siempre ahí
indeterminadísimo
indeseado
tapado bajo la sombra tenue de un Fulano
como sombra de otra sombra
con menos rostro que una piedra o que un cuadro
de Quinquela Martín

y Mengano
el segundo mengano
incómodamente en el medio
al menos tiene
la rimbombancia de su nombre
palangánico

pero yo acá solo soy Zutano, el último
que suena raro y por eso se lo evita:
“fulano, mengano y el otro”
“fulano, mengano y paro de contar”
“fulano, mengano y qué sé yo”

y probé, eh
ojo que probé
ser alguien

hacer cosas, ¿vieron?
-porque la gente que hace cosas es alguien
o viceversa, no sé-
y nada, che

las cosas que hago no me dieron nombre
estudiar no me dio nombre
trabajar no me dio nombre
escribir no me dio nombre
las paredes sólo reflejan
eco
de lo que habla
¿qué van a reflejar
del inindispensable Zutano, el último?

ni mi estudio ni mi trabajo
ni la palabra escrita me hablan
ninguna enuncia
mi nombre
-¡ni siquiera mi nombre!-
las paredes no reflejan figuras
y los espejos solo devuelven
lo que era:

¡Zutano, el último
el hueco final
al final
de cada bostezo!

Zutano, ése
homogéneo
esquivo
descartable
aburrido
anónimo
contingente

violencia nominal de ser nadie
nadie
o al menos hasta que una mirada
me devuelva
mi origen.


Guillermo Barber Soler


martes, 26 de noviembre de 2013

Zutano (Carlos Taubenschlag)





ZUTANO 


A Polanco y a Calac los conocemos bastante bien, por lo menos los que estamos habituados a encontrarnos perdiéndonos en las rayuelas del Cronopio, porque ya escribieron los chinos o lo hubieran escrito que recorrer laberintos tiene muchas significaciones, aún cuando se trate de ese breve laberinto lineal que es la rayuela… aunque ahora que lo pienso me parece que no lo leí en el Sutra del Corazón Prajna Paramita, texto sagrado del budismo, sino en Consonancias 15, página 5.
Pero volviendo a Polanco y a Calac, una pareja que los antecede y que aparecía en todo tipo de textos (y más bien en las actualizaciones domésticas del derecho romano, en textos legales y éticos y en los que recrean situaciones posibles de encuentros o diálogos entre distintas personas de las que desconocemos o hemos olvidado los nombres o preferimos no darlos a conocer) eran dos recontratatarabuelos de Polanco y Calac, me refiero a Zutano y Mengano, entre otros –para no citar a Perengano y los parientes más lejanos en los grados de afinidad superior, inferior y lateral-.
El asunto es que a Zutano lo tenía tan visto –o mejor tan escuchado- que cuando la Cronopia  que orienta este yiro nocturno me avisó que se terminaba la vuelta me entusiasmé para participar y la perezosa Z me dio pie para convocar a Zutano a informarnos de sus últimas andanzas.
Fue bastante inútil. Se ve que está siempre afuera y en el contestador de su zapatería hay una grabación con bastantes opciones, ninguna de las cuales conduce a hablar con Zutano. Después de avisar con gentil acento de algún país latinoamericano central que uno está efectivamente comunicado con la Zapatería Zutano, se escucha una serie de opciones: si quiere averiguar precios, marque Z 1; si quiere dejar un mensaje, marque Z 2; si quiere conocer los horarios en días laborables y feriados tradicionales, marque Z 3; si quiere conocer los horarios en los feriados nuevos, desplazados, trasladados o puente, marque Z 4… Cuando el contestador llegó a … marque Z 54 sin mencionar todavía la opción de hablar con Zutano, entré en esa etapa que ni Sartre ni Heidegger conocieron y que supera la náusea, el anonadamiento y el ataque de pánico: el estrés existencial de seguir esperando en línea durante un eón indeterminado, o de colgar y mandar al reverendo infierno a Zutano y al que grabó el mensaje, sabiendo que tal vez tarde o temprano tendría que llamar de nuevo. Tal vez sea lo mejor. Me voy a tomar unos mates, y cuando junte ánimo y haya leído los aportes de tantos yirantes nocturnos, voy a volver a llamar. En esta vida-mandala que no para de dar vueltas y más vueltas arrastrándonos en su girar, podemos o no alcanzar respuestas, pero no podemos dejar de preguntar, dejar de llamar, dejar de interpelar.



Carlos Taubenschlag




Zurcir (Dolores Seeber)



Daniel Garber. Zurciendo (ilust.blog)




Patria, Familia, Hogar,
No puedo verlos lejos
No puedo apartarme de ellos.
Gritos, discusiones  ese vestido esta largo…
La casa va a terminarse, qué mueble perfecto
Frondizi es un canalla,
Alsogaray  vendió el país
Un congreso donde todos opinan.

Un calor que se aspira tibio,
Un amor que es por pudor  amortiguado,
Una ternura con disfraz de grosería.

Esa es mi familia   y     mi hogar
Y mi patria…¡¡Ay!!  Pobre patria mía.
Atolondrada como jóvenes
Irresponsable como niños
Desordenada y muy latina
Miles de defectos, virtudes también.

Pero  ¡Qué linda ¡    y   ¡Qué mía ¡
Si, mía, yo soy argentina.

No podía verlos lejos
No podía separarme de ellos
Eran yo.

Paso un año, él fue mi verano
Las naranjas, los tomates, los frutos todos
Maduran con el sol y  el viento
Y el calor y el frio
Las lluvias y el abono.
Supe lo que era ese dolor en la garganta que lastima, que hiere
Pero no enferma.
Ese estado un poco etéreo
Del sueño que, no es feo pero tampoco hermoso
Viscoso  agridulce
Mezcla de tristeza alegre
De soledad acompañada
De agonía viviente
De paz angustiosa.

Tiempo de ajustes

Y…empezaron a nacer los frutos
Años atrás sembrados.

Al crecer cambia la dimensión, amplitud
Mas no la contextura.
Se ve el mundo grande
Y, al mismo tiempo uno.
Masa, grupo, individuo
Solos y aislados
Pero apiñados, como abeja en panal
Luchan contra polos imantados
Con vitalidad angustiosa
Buscan comunicarse en un mutismo hostil,
Buscan libertad esclavizando sus mentes,
Buscan unión pero no quieren darse,
Buscan amor,  felicidad
Cerrando la llave de paso.
No quieren amar, sino ser amados
Comprender, sino ser comprendidos
Quieren salvar el mundo entero
Sin saber cómo salvarse a sí mismos.

Miopes,  ciegos.

Patria, familia, hogar
Pude verlos lejos
Pude separarme de ellos.
Y….ahora puedo amar
Asequible


Dolores Seeber



lunes, 25 de noviembre de 2013

Zumo (Oscar Gómez Salmerón)





Hay una sola cosa que me relaciona con Jay Kordich: nacimos un 26 de agosto.
Por lo demás, creo que, como soy un carnívoro, pastimaníaco (o como se denomine a un fanático de las pastas) y amante de los dulces, jamás voy a llegar a disfrutar una vida plena, enérgica y saludable como la de este hombre de noventa años. Según cuenta, su secreto está en el consumo de los jugos naturales, que le salvaron la vida estando enfermo de cáncer.
Hace un tiempo empecé a relacionarme con la dieta natural que impulsa Jay.
Mis músculos se fortalecieron a fuerza de exprimir naranjas, pomelos, limones. A ver si me entienden: obtuve unos bíceps fenomenales y unos antebrazos notables por el ejercicio del exprimido. No por las vitaminas aportadas por tantos frutos que bailaron en mi exprimidor.
Además, nunca fui un fiel discípulo. Las pastas y dulces siguieron persiguiéndome, así que, por más que tomara unos regios batidos de vegetales con zanahorias, tomates, un jugo verde de kiwis, manzanas verdes, pepinos y menta fresca, éstos jamás pudieron competir con unos ravioles a la salsa scarparo o fileto, un mondongo a la española o una tortilla de manzana flambeada al rhum.
Hay gente feliz con los zumos. Sino pregúntenle a Timothy Brownie o a Manal que le cantan al jugo de frutas y al de tomate frío. Según dicen, no hay nada más saludable que los jugos recién exprimidos, por más que BC haya intentado con los jugos en polvo. “Enamórate del verdadero sabor a fruta”, mentían, mientras unos nostálgicos exprimidores se despedían de los frutos naturales cantando “Te extraño, te olvido, te amo”.
Por supuesto que ataqué el salvavidas abdominal con más y más jugos siguiendo la inefable zumo-dieta de piñas, papaya y tamarindo; pero el efecto quema-grasa sucumbió ante los alfajores de chocolate, las medialunas de manteca, las Mellizas, Rumbas, Amor y Merengadas. Maldito Terrabusi.
Bueno, no todo se perdió; seguí con los batidos, sobre todo los de banana con leche. Y en momentos de stress, cuando las recetas me indicaban un zumo de melón, manzana y grosellas, terminaba rematándola con Agua de Valencia, una increíble mezcla de cava espumosa, naranja, ginebra y vodka; con no mucha azúcar porque es insalubre.
Pronto arremeteré con un excelente batido con jugo de vegetales y limón y semillas de apio, al que sólo hay que agregarle un poquito de pimienta y sal y unas gotas de ¿tabasco? Se llama algo así como Bloody Mary. Después les cuento.


Oscar Gémez Salmerón


Zumbidos (Estanislao Zuzek)






Los hubo siempre, molestos en menor o mayor grado, generalmente pasando al olvido al ser tapados por otros acontecimientos. Otros quedaron, aunque sea a nivel de reminiscencia.
Una que me quedó grabada, creo que para siempre, fue el zumbido sordo proveniente de detrás del horizonte y que en corto tiempo, bajando del cielo, se convertía en ronroneo de motores. Aparecía una formación de grandes aviones, de tres en fondo, larga…. ¿quizás un centenar?, cruzando por sobre nuestra ciudad, Ljubljana, bien alto. Eran bombarderos de los aliados que iban en dirección a Rumania – y según los mayores, entendidos – a soltar su mortífera carga sobre la refinería de petróleo en Ploesti.  Para nosotros, los niños - yo tendría unos cinco años – se trataba de un espectáculo hermoso. En lo alto: esa formación perfecta, monolítica y sincronizada nos cautivaba. Claro, no teníamos noción exacta de lo que ello implicaba – víctimas, heridos, muertes, orfandad…, destrucción, sufrimiento y desolación… que toda guerra conlleva. También aquella, la II guerra mundial. La maquinaria de la guerra impresiona, hechiza y desalienta a más de uno por su casi inconmensurable poder aterrorizante. ¡El hombre – lobo del hombre! Primero, ulular de sirenas, luego, el zumbido, ronroneo y… que ¡Dios nos guarde!

En los últimos días de la guerra, para evitar caer en manos de la guerrilla revolucionaria que se venía, nuestros padres decidieron que nos retiráramos temporalmente a Austria hasta que los aliados se hicieran cargo de la situación – lo que, en verdad, nunca sucedió. ¡No conocíamos los acuerdos de Yalta y sus ‘esferas de influencia’! Yo ya tenía siete años. Unos diez días más tarde, estábamos parando con muchos otros refugiados en una escuela en Villach y me encontraba asomado por la ventana de algún piso superior de una escuela… Apareció muy tenue un zumbido de motores. Iba acercándose y creciendo y, de pronto, dando vuelta al recodo apareció un camión militar, otro y otro… Avisé a mis padres “¡Llegó el convoy!, ¡Vamos!” El embarque fue rápìdo, en general llevábamos sólo bártulos de mano. El convoy enfiló para el sur, cruzando los Alpes y nos depositó en Udine, Italia; convirtiéndose esa retirada temporal en… permanente. Claro; de eso nos hemos percatado unos cuantos años más tarde. ¿Quién imaginaria en ese entonces lo premonitorio de aquel zumbido incipiente?

Un zumbido primero e instantes después un ruido sordo, como el que se sentía en algún cine de la calle Corrientes toda vez que debajo circulaba el subte. Me sobresalté en la cama. Eran las seis de la mañana. Pero acá, en Alta Gracia, no hay subtes, ¿no? ¡Ah, debe ser el tren…! Sin embargo, la estación y el ferrocarril se encontraban en la parte opuesta de la ciudad, lejos, pues… El ruido aumentó a ensordecedor y los vidrios de las ventanas trepidaban, también las puertas. ¡Algo se venía, pues! Me levanté saltando, salí al pasillo y atravesando velozmente la recepción, me encontré en la calle en medio de unos cuantos huéspedes del hotel, en paños menores, igual que yo, y todos azorados por lo insólito del suceso. Pudimos constatar después que en Caucete, San Juan, hubo terremoto. Y como el “show debe continuar”, previo comentarios circunstanciales, proseguimos con las reuniones del congreso al que asistíamos. Zumbido telúrico… del cual felizmente pudimos zafar.

Laguna Negra, en Bariloche, en ese entonces era accesible por la picada vieja, trepando por la pared casi vertical de la cascada al fondo del valle del arroyo Goye. Estaba aun con el paisaje virgen, sin haber sido mancillado por obra humana alguna, con el majestuoso Cerro Negro a la izquierda. La visitamos con un hermano mayor. Plantamos carpa un día de sol radiante. Para el ascenso normal a dicho cerro, se daba vuelta a la laguna, rodeada aun de nieve. A la vuelta, con el sol a plomo y sin ninguna brisa, el zumbido de los tábanos volando en torno nuestro se hacía muy pesado. Ya en el campamento, apuramos el “almuerzo” para meternos rápidamente en la carpa y huirles, cerrándola. El calor la hizo inaguantable. Decidimos entonces abrirla y protegernos cubriéndonos con lo que estuviere a mano. En particular, la cabeza la envolví en una toalla –  al fin, ¡santo remedio! ¡Pero, no! Hubo de infiltrarse a través de los pliegues de la toalla,  pues, ¡¡muy al ratito un zuuumbiiiiiido finiiiiito y peneeetraaaante de un tábano me horadaba el tímpano!! -  ¡No podía ser! - Acto seguido desarmamos campamento e iniciamos el descenso. De tábanos picadores y sus fastidiosos zumbidos habría aun mucho más para contar…

Con el transcurrir de los años uno termina constatando en su propio interior la aparición de sonidos, ruidos, en general zumbidos a modo de manifestaciones para-sonoras y que suelen convertirse en perseverantes, incluso permanentes. Tinnitus o acúfenos, como los llaman. Para consuelo me digo que suelen venir a modo de ‘impuesto a la vejez’ – para no estar uno solo, ¿no? Ya no hay silencio total… Uno se acostumbra y convive con ello. Pero. Ese zumbido, pues, ¿preanuncia algo? – Deberé estar atento, por si – susurrando - trae mensaje.


Estanisalo Zuzek


domingo, 24 de noviembre de 2013

Zumbido (Nico Balero Reche)



Marc Chagall, Paisaje azul (Ilust. blog)




Tarde, por la noche un zumbido extraño, desconocido, un sonido sordo pero continuado que hacía picar el oído, que hablaba claro sin hablar, como una mirada penetrante, me dijo que la decisión fue bien tomada, que en un chasquido me llevaría a la felicidad después de tanta espera,  consecuencia de la belleza de la huida (entre gota y gota de llanto) de aquella ilusión, de aquella utopía que parecía ser un árbol con buenas raíces, un viernes de sol, pero no lo era. Aquél zumbido me hizo dar cuenta que en realidad, aquello era un juicio sin ley que lo ampare, una kyrie que invocaba la soledad. Me hizo notar que la necesidad no es tan necesaria, que aquellas cosas vividas eran simples ñoñerías que no me dejaban salir de mi propio ombligo, y que me hacían ver mi propia vida como una mala obra de teatro, simplemente pasando a través de mis ojos.
Aquél zumbido mágico me dijo que ya no había queja suficiente para esta pena, que ya no estaba rendido. Me aseveró que no importa tanto el por qué, el cómo o el qué, de dónde venimos o hacia dónde vamos; sino que importa simplemente la búsqueda…  sin mirar para adelante, sin recordar el pasado, simplemente contemplando el actual paisaje que pasa por mis ojos: lo único importante, lo único vivo, lo único valioso.
Cuando ya no pude más, “¡wun!”, me gritó aquél zumbido, marcándome hacia dónde mirar… hacia aquél alba con el que amanecerá el mañana, y me mostró que allí no me encontraré más contando el pasado de estrellas incontables que ya no existen,  que no me encontraré más con incógnitas incuestionables, que ya no habrá más “x” por resolver y que justamente allí encontraría mi yo.
Aquél zumbido, voz divina en la conciencia, al que le tengo confianza sin saber por qué, al que le entrego mi corazón sin restricciones, me guiará y me hará encontrar la paz. Qué lástima que era tan silencioso aquél zumbido… bastó todo un abecedario para escucharlo.  


Nico Balero Reche


Zulo ¿Contrafáctico? (Maximiliano Hünicken Segura)


María Helena Aldao de Hünicken, Interrogatorio



 Retumba la insolencia y el descaro de aquella envenenada humanidad, que pretende de sus mortajas sagradas,  las astillas del último madero en pie. Cristo ante un humillante interrogatorio, carcajadas y dubitativas miradas tras su paciente mirar. Se mantiene erguido y  responde sucintamente.  Quienes lo rodean son hijos de un tiempo, y litigantes de profesión, se abrazan al madero, pero cuando la concupiscencia los ha demolido en su aflicción. Cristo sigue paciente y angustiado, porque ya no es tan sólo la milicia y la realeza, sino la misma muchedumbre que hace unos días lo aclamaban en los Olivos. Y se pregunta el interlocutor de los contrafácticos: ¿Si Cristo se hubiera escondido en un zulo, se habría salvado, y además no hubiera llegado a las tibias manos de Pilato? No será la restrictiva lógica, ni la sistematicidad hegeliana, la que busque una pausible Síntesis. Como tampoco podrá embaucarnos la historia unos cuantos años después, cuando se  diga de un tal Benito Spinoza: “Spinoza no fue jamás un buen judío, ni un buen cristiano”.*     Justamente Cristo fue y será un buen judío y el mayor hermano, que buscó en sus moralejas simples y profundas el panteísmo del amor. ¡Un zulo para mi Cristo el interrogado!, sí, es un deseo como lo indicara Mario Bunge cuando nos habla de los contrafácticos. Pero no es lícitamente ese  tipo de habitáculo el que necesito, sino la metáfora de un madero ensalzado que me cobija de la estética pictórica y real. Un refugio para los murmullos y los temores sacros y secularizados, que aprisionan y no caben en aquel agujero, con un aroma a santuario

                                                                                            
Maximiliano Hünicken Segura



*Montero, Belisario J, La Filosofía del Doctor Plaza, Apud Conversaciones Sobre Filosofía y Arte,  La Académica, Buenos Aires, 1924


  

   

sábado, 23 de noviembre de 2013

Zozobrar (María Sol Rufiner)





El año termina, y nos encontramos zozobrando victimas de un naufragio, de esperanzas y sueños que el cruel tiempo devoró. Pero ¿víctimas? ¿Es así que se ha de mirar este naufragio, o cada año, cada día es una nueva oportunidad?  Así como Robinson Crusoe, el zozobrar nos da la oportunidad de redescribir, de revalorar, y de volver a asombrarnos con lo nuevo de un lugar que es tan viejo y conocido como nuestro hogar.
Por eso es fin de año, y sentimos que nuestro barco nos va a llevar a zozobrar, pero sólo la oportunidad de volver a empezar, de encontrar la nueva aventura que la vida nos invita a transitar. Porque esto no es el principio del fin sino simplemente el fin del principio.


María Sol Rufiner


Zozobra (Paola Ambrosoni, bis)



W. Turner, Barcos holandeses en una galerna (Ilust, blog)




¿Y  qué estás esperando,
Con todo tu velamen recogido?
Estás en altamar y sopla fuerte,
El viento es poderoso, ya sé que te da miedo

Pero, ¿sabés qué pasa cuando no levas el ancla?
¿Sabés que pasa si no desplegas las velas?
                                                 Zozobras,
                                                                Zozobras,
                                                                               Zozobras.



Paola Ambrosoni



viernes, 22 de noviembre de 2013

Zozobra (Josep Comas)






(Viene de "Yesca")

¿Tenés fuego, pibe? Gracias. ¿Hace cuánto laburás en el mar? ¿Y no te cansás? Escuchame una cosa. Yo sé que vos vivís alegre. Sos un optimista. Sí, sí, no te me justifiques. Yo te veo. Vos… creés. No, está bien, no tiene nada malo confiar en la humanidad. Está bien, vos decilo como quieras. Son palabras. Yo te veo todos los días la sonrisa. Vas atrás, a popa, y mirás al horizonte, mirás como mira cualquiera, pero es como si te brillaran los ojos, eh. Todos vemos el mar y más mar, y vos es como si vieras algo más. ¿Estás enamorado? Claro, claro. Pero vos escuchame, pibe: yo te voy a contar la verdad de la milanesa: es todo un engaño.
¿Vos podés creer, boluda? No tiene sentido. Cuando volví de ducharme ya no estaba. ¡No estaba! ¡Sí! Después de haber pasado toda la noche juntos, y toda la mañana siguiente, y la tarde. Ya se estaba haciendo de noche. Y vuelvo, y no estaba. No, nada: ni una notita, nada. Bah, sí, se dejó el sombrero. Se lo habrá olvidado. ¿No? ¿Vos decís? Bueno, sí, a lo mejor tenés razón, y quizá me lo dejó como señal de algo… Pero de qué, no sé. Y esto fue hace como un mes ya, no sé. Señal de qué, ya no me importa. A ver, esperame un toque que abro la ventanilla. Perdón, es que me estaba mareando. Cómo manejan estos colectiveros también... bestias.
Y esa es mi historia con esta mina. ¿Entendés? Moraleja: no hay dónde sentar cabeza. ¿Me seguís? No es que uno no quiera: el lugar es el problema. No hay dónde. Bueno, a ver. Claro que hay lugares. Hay lugares para llenar, digamos, pero no lugares que llenen. ¿Me entendés? Estamos perdidos. Estamos en el desierto, me decía ella. Y yo le decía que todavía quedaba la paciencia. Pero la verdad, pibe, que la paciencia se pierde. La paciencia se pierde, y cuando se pierde, se pierde uno también. Estamos perdidos. No, en serio te digo: mirá cómo se acerca esa tormenta. ¿Decís que aguanta el barquito este?
Mirá, si te soy sincera, aunque me lo negué en todo momento, sin querer le puse un poco las fichas. Tuve, mal que me pese, una cierta… esperanza. ¿Pero tan mal estaba? El chabón tenía algo, te juro. Sentí que era diferente, que no era uno cualquiera. Que no era un nadie. Alguna vez te debe haber pasado. No sé para qué mi ilusioné. Y lo peor es que sigo intranquila, como cuando salí del baño y no lo encontré en ningún lado. No es la impotencia, sabés, es peor. Es la imposibilidad absoluta. Es… angustia. No sé para qué me meto en estos juegos. Qué sentido tiene. Escuchame, estoy llegando al consultorio este, al laboratorio, o como se llame. Ahora te vuelvo a llamar desde ahí.
Disculpame, pibe. Nunca me pasó así. Vomitar de esta manera. ¿Pero vos viste esas olas? Bueno, ya pasó lo peor, parece. Ahora sólo cae una llovizna. Vení, volvamos afuera, sobre cubierta. No sé, es como si todo esto me excediera. Yo no decido en lo que me pasa. Siento que otros, otras personas, otras fuerzas, tejen los hilos de mi vida. Por eso a veces las elecciones fuertes, radicales, me parecen la única opción. Me hacen sentir libre. Y en seguida me doy cuenta que caigo de nuevo en la trampa. Las historias  se repiten. Los mismos errores del pasado, propios y ajenos, uno los vuelve a cometer. Nada te salva. Ni siquiera el mejor samaritano te alcanza. Te pueden recibir sin condiciones, te pueden reconocer y todo, te pueden hacer sentir parte de algo. Pero todo se hunde.
Sí, sigo acá, todavía no me dan los resultados. No, pasa que la semana pasada me hice unos estudios porque estaba mal. No sé, boluda, anémica, o algo. Quizá estaba somatizando el tema este del flaco, la frustración. En mi locura, hasta pensé que quizá me había contagiado algo. No sé, algo. Una enfermedad venérea, qué sé yo. Y sí, si ni lo conocía al tipo. Confié en él, pero andá a saber quién era en realidad, qué hacía, dónde se movía. La cuestión es que sigo mal. Ahora mismo me siento pésimo. Como con el estómago revuelto. En la imprenta la estoy pasando mal: mucho esfuerzo el laburo, el olor fuerte de la tinta, y además todo encerrado. Ayer vomité, y me hicieron limpiar todo, ¿podés creerlo? Con lo mal que estaba. Y después me mandaron a casa. Decí que hoy falté para venir acá.
¿Vos te peleaste alguna vez? Yo, te voy a decir la verdad, solo una vez. De chico, en la primaria. Pero después de esa pelea siempre sentí que de alguna manera vivía peleándome. No con la gente. Se me ocurre decir con la vida, pero no, tampoco. Conmigo mismo quizá. Obstinándome en ser yo mismo. No sé. Peleando por nada, contra nadie. Como caminando a los tumbos. O mejor: navegando a la deriva.
Es que, vos decime ilusa si querés, pero fue todo muy vívido, muy real. Desbordante. Parecía realmente el principio de algo zarpado. Nunca viví algo con esa presencia, con esa intensidad. La atracción física era tanta, que era mucho más que física, lo carnal más que carnal era como espiritual, no sé cómo decirlo. Y a su vez, el vínculo más intelectual, bah, no… psíquico, no sé, o espiritual también, era tanto que era también físico. ¿Me entendés?
¿Pero sabés qué? No todo es feo. Hay palabras lindas para expresar incluso lo horrible, lo peor. ¿No te gustan las palabras? Yo cuando me marcan las guardo. Te voy a decir la verdad: soy un tipo desapegado, desprendido. Pueden sacarme todo y no voy a chistar. Las cosas no significan nada. Con lo que me gustan los libros, si me lo pidieran, no dudaría en no volver a leer jamás. ¿Y qué más hay? ¿Las relaciones? Mirá, nada es completamente necesario. Relaciones puede haber otras. Nuevas, qué sé yo. O no, quedarte solo, que es lo que pasa generalmente, en verdad. Y no está tan mal. Yo conocí un viejo, en el Perú, que… Me estoy yendo por las ramas. Ese no era mi punto. Yo lo que quería decir es que pueden sacarme todo, pero todo, eh, menos las palabras. Y mirá qué hay lindas palabras incluso para describir lo que estoy contando. Desasosiego, por ejemplo. Naufragio; es un poco fuerte, muy sonora, pero linda también. Otra que me gusta es incertidumbre.
¿Vos decís que se fue por culpa mía? O sea, que el tipo no estaba loco, sino que se dio cuenta que la loca era yo y piró… Quizá me vio a la defensiva, o mala onda, o vulnerable. Cualquier cosa. No sé, quizá se espantó. Era alguien y ahora es nadie, pero porque yo lo hice nadie. No, escuchame, no digo boludeces. Le transmití mi ser nadie. O lo aburrí. Yo era demasiado poca cosa para él, tal vez. Ay, no sé. ¡No sé! No sé ni por qué se fue, ni por qué me amargo tanto. Si no era nadie… En fin. Ahora acá estoy, sola otra vez. Por suerte vos me escuchás. ¡Uy!, ahí dijeron mi nombre, te tengo que dejar. Chau, un beso, gracias por estar.
Pero si vamos a ser sinceros con la incertidumbre, hay que permanecer abiertos. Siempre hay un quizá, ¿no? Las posibilidades se reducen, es verdad, a medida que uno crece y envejece y se acerca a la muerte. Pero yo no sé si se quedan truncas. Hay que dejar abierta la posibilidad de lo imprevisto. Es que sí, a veces suceden cosas que… son imposibles. De cualquier manera, no creas que soy como vos, eh. Yo no pongo la esperanza en nada, a esta altura. La noche es demasiado larga. Demasiado oscura. Nos perdemos, estamos a la deriva, damos vueltas en la noche, sin ton ni son, de aquí para allá. ¿Para qué? Para nada. Si, al fin y al cabo, sucede la última imprevisibilidad y morimos, como consumidos por el fuego. El fuego de la vida nos termina matando. Aunque un fuego puede prender otro fuego. Es verdad que uno no sabe las influencias que puede generar, las fuerzas que puede poner movimiento. Uno no sabe lo que provoca por fuera de sí mismo. Quizá nuestros actos más libres nos resulten invisibles. Pero da igual, ¿no? Si son invisibles. Y el fuego al final siempre se extingue. ¿O no?
¿Qué tal, doctor? Y, más o menos, vengo un poco mareada. Le traje los resultados del estudio que me pidió. Sí, acá tiene, tome. Ajá. Sí. Bueno, ¿y todo eso qué quiere decir? ¿Si estoy en pareja? No... ¿Qué tiene que ver? No, no uso ningún tipo de anticonceptivo. ¿No vio mi historial clínico? No hace falta: hace diez años que sé no hace falta. ¿Qué quiere decir con que es una situación fuera de lo normal? ¿Qué me pasa? ¿Cómo que un “imprevisto”? ¡¿Qué?! Pe… pero es imposible, debe haber algún, algún error… ¡No puede ser! ¿Pero estos resultados son definitivos? Vos me estás diciendo que voy tener un hijo…

Josep Comas

jueves, 21 de noviembre de 2013

Zote (Lydia Zubizarreta)


Lydia Zubizarreta, Cerca de la cascada




Era febrero y el río tenía poco agua.  Podíamos caminar por las piedras grandes y lisas que formaban amplias plataformas un poco resbaladizas.  Jorge y yo, con nuestro hijo Pablo que era un adolescente, habíamos salido a la mañana en lancha y estábamos explorando este río al fondo del brazo Tristeza, en el Nahuel Huapí.  El paisaje me fascinaba.  Observaba con ojos de artista- obediente al consejo de Cézanne - la vegetación múltiple, los colores, las luces y sombras.  Mi memoria no alcanzaría a retener tanto, yo lo sabía, pero me esforzaba.  Sentados en el medio del lecho, totalmente desprevenidos,  de pronto nos cubre una sombra que atravesaba de lado a lado el arroyo.  Alcancé a verlo, pasada la sorpresa: era un ave enorme.  ¿Sería un cóndor bajado de lo alto?  Nos pusimos en marcha río arriba para reencontrarlo.  Cerca de la cascada vimos un pajarraco negro, quieto, manso.  Al tiempo nos convencimos de que era el mismo que hacía unos minutos nos había impresionado tanto.  No volvió a volar.  Era un jote y, en tierra, un zote.
 
Al recordar esta experiencia pienso en el “Albatros” de Baudelaire.  Admiro la comparación que hace el poeta: “Aves de los mares….reyes del ´azur´…este viajero alado….desafiante de tempestades….exiliado en el suelo….sus alas de gigante le impiden caminar.”  El poeta, el albatros, aquél del alto vuelo, vuelto torpe, inadecuado, incluso ridículo.

También el cisne, con su deslizar majestuoso, que impulsó a componer la divina música a Camille Saint-Saenz, cuando camina en la orilla no pasa de un ganso.

¿Qué pensar?  Decía Balthasar Gracián que necios son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen.  Pero un zote no es un necio.  En cualquier momento puede revelarse en poeta y levantar vuelo cubriéndonos, desde su altura,  con su sombra.


Lydia Zubizarreta

 *adj. Ignorante, torpe. También com.: no puede comprender estos conceptos tan elevados porque es un zote. (Diccionario Espasa-Calpe) 

Zonzo (Santiago Vorsic)


http://www.taringa.net/posts/imagenes/15022123/Wallpapers-cachorros-en-HD.html


¡Malditas ilusiones! ¡Es la última vez que se acuestan en mi ropa limpia y la llenan de pelos! Estoy cansado de que coman todo el tiempo compitiendo conmigo y que desordenen todo, que desparramen todo ¡No puedo soportar más que rasguñen mis puertas y les saquen astillas! ¡No aguanto más ver los muebles mordisqueados en todos sus extremos! ¡Ahora son cachorros, qué va a ser cuando crezcan! ¡Esto llegó a su fin! ¡No puedo vivir más así! ¡No soporto más!
¡Mugrosas bolas de pelo, es la última vez que se burlan de mí! ¡Ya está decidido! Nada me va a hacer volver atrás ¡Se acabó!
Los agarré a los miserables y los llevé juntitos todos al auto. Correteen ingenuos, ladren y estiren la lengua por la ventana ¡no saben lo que les espera! Ya no van a desgarrar más el tapizado, no voy a tener que bancarlos dando vuelta entre mis piernas cuando manejo, ni saltando sobre mi pecho, ja ja ja.
Sólo unos 30 km más, nunca van a ser suficientes. Más, más y más lejos de casa ¡No los quiero ver volver! Todavía un poco más profundo en la ruta, donde no haya ni casas ni árboles donde puedan refugiarse, ni animales que puedan cazar. Que las inmensas extensiones los agoten y les quiten, de una vez por todas, el ánimo y también la vida.
Hasta acá está bien. Paremos en la banquina con el motor aún encendido que voy a sacar mi arma secreta. Ja ja ja ¡Vengan! ¡Vengan! Salgamos al fin. Ja ja ja. Miren la ramita ¿Les gusta la ramita? ¿La quieren? ¿La quieren? ¿Me la van a traer? Ja ja ja. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Allá va la ramita! Ahí bien lejos, llegando atrás de los arbustos. Ja ja ja ¡Que tontos! Ja ja ja. Piérdanse tranquilos que yo me voy.
¡Vamos! ¡Rápido! ¡Acelera! Retomemos el camino ¡Adiós queridos! Qué pequeños ya los veo en los espejitos retrovisores ¡Al fín! Ja ja ja ja ja ja ¡Adiós y hasta nunca! Quisiera ver sus caritas tristes…
¡Ya soy libre! Tengo tiempo para terminarlo todo ¡Ordenemos! ¡Limpiemos! ¡Cuanta paz! Ja ja ja.
¡Momento! ¿Qué es ese rasqueteo? ¡Oh, no! ¡Ahora ese golpeteo de patitas suaves! ¿Quién anda ahí? ¡Dios mío, que no sea!…
¡Y ahí están! ¡Que ojitos hermosos tienen! ¡Que mansitos que están! ¡Vengan, déjenme acariciarlos! ¡Déjenme hundir mi nariz en sus cuellitos peludos! ¡Que bonitos cachorritos son! ¡Vamos! ¡Desordenen todo! ¡Deshagan todo! Ja ja ja ja ja ja…


Santiago Vorsic



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Zonificación (Marcelo Gobbi)

http://www.aporrea.org/regionales/n232363.html (Ilust. Blog)




En una magnífica alegoría del desarraigo, Facundo Cabral solía contar que en su pueblo había una única calle a la que un intendente progresista hizo de una sola mano. Por eso, decía, todos aquellos que se habían ido nunca pudieron volver sin cometer una infracción de tránsito; para entrar debían pagar una multa.
Acaso esa historia fuera producto de la imaginación de nuestro amigo cantor, pero en mi pueblo tuvimos de verdad, hace como treinta años, un episodio de desatino municipal bastante parecido.
Un gobernante consideró que a ninguna ciudad moderna podía faltarle una calle peatonal. La idea en sí era algo curiosa (en los pueblos muy poca gente tiene el hábito de caminar); su ejecución lo fue todavía más. El estadista mandó construir un paseo de longitud bastante modesta: apenas una cuadra. Lo llamativo es que eligió una que estaba edificada de un solo lado porque del otro había una plaza, que ya ofrecía suficiente espacio para andar, precisamente, de a pie.
El lugar tampoco parecía muy atractivo para que los vecinos hicieran tours de compras: en esa cuadra unilateral sólo había una relojería y la oficina del PAMI.
El paseo fue iluminado tan exageradamente que el reflejo se veía desde cualquier parte del pueblo e incluso desde la ruta. Como a todo se le encuentra alguna utilidad, el adefesio no dejó de tenerla. En medio de la Pampa Húmeda, bien lejos del mar, tuvimos nuestro faro, capaz de indicar al forastero adónde quedaba la plaza. Cumplió también con la tarea de atraer una buena cantidad de mosquitos en verano, que encontraron al lugar más atractivo para concentrarse que los patios y los dormitorios. Estas criaturas, al parecer, resisten bastante bien el encandilamiento.
La obra hizo un aporte memorable a la paradoja: nuestra cuadra más céntrica fue también la más desolada.
El portento lumínico y la ausencia de seres humanos estimularon el ingenio pueblerino. Llamábamos al lugar lunita tucumana, porque alumbra y nada más.
La vida imita al arte. Pero es infinitamente más impredecible.

Marcelo Gobbi


Zona (Héctor Makishi)


Mc Ishi: “La zona” (2013)




Aquí es donde la vida
se desnuda quedando
en su mejor color.

Aquí es donde respiro
sin ayuda de aparatos
y tecnologías.

Aquí es donde miro
todo más claro y sin
confusión.

Aquí es donde
no quiero llegar y
contar mi historia.

Observaré desde lejos,
la puerta y contaré
cuántos se atreven a
pasar.

Muy despacito
pegaré mi nariz en la ventana,
y afrontaré las cosas
como deben ser.   


Héctor Makishi


martes, 19 de noviembre de 2013

Zoe (Clemencita Campos)

Yayoi-Kusama. Obsesión infinita. (Malba)


Ya no llego a conclusiones. Ya no quiero pensar en conclusiones. Cuando las pienso tienen que ser consecuentes a lo anterior, y generalmente termino en lo que no quiero, en lo que no quise jamás, en palabras que no son mías, y en descripciones de una mirada ajena.
Pero sin embargo, no puedo negarme a escribir. Brota y surge, y pienso poéticamente. Es como si mi vida en un segundo se hiciera lápiz y tuviera que escribir algo. Pero no lo quise, simplemente surgió. Y no me arrepiento, pero prefiero que no llegue a las últimas consecuencias porque llegaría a donde no deseo. ¿O sí?
Quisiera quedarme en los puntos suspensivos, en no saber qué sigue, en dejarme bailar y guiar por un lápiz inclusive sin punta.
La consecuencia de un pasado es un futuro asegurado. Me escapo del presente, intento saltar de nube en nube, abrir y cerrar los ojos dos veces, y que se caiga una lágrima que camine por mi rostro, que penda de mi nariz y esté a punto de suicidarse y caer. Pero, ¿por qué es esa lágrima?
Estoy llegando a lo que no quiero. Y si no lo quiero, ¿por qué lo busco?
Un vientecito me voló la pollera, me sacudió toda entera y me despertó. En un jardín, yo vivía con ilusiones, con delirios, con el arte, la improvisación. Buscaban que me expresara. Fui creciendo y me obligaron a pensar, a un dos más dos es cuatro y a un análisis sintáctico riguroso.
Me enseñaron que ‘ahora’ se escribe con ‘h’ y que ‘a veces’ se escribe separado. Pero nunca quise eso. Me icieron consecuente y aora quiero escribir sin pensar y aveces cantar con una sonrisa de horeja a horeja salpicando a quien quiera de mi viajar.
Quizá, la vida es vivir zoéticamente pensando que nada tiene un fin.

“Tengo miedo y respeto al ascensor; miedo a que se quede entre el cuarto y quinto piso, pero más miedo me da si nunca frena…”

Clemencita Campos



Zíngaro (Teresita Suriani)





Veo puntos borrosos y muevo los pies. Camino un poco a ciegas y descubro la Via Cimarra. No hay  nadie pero se escuchan las manos de alguien. Me asomo a la ventana y un joven peinado con gel para el costado y vestido con chaleco negro ajustado, sentado en un taburete, arregla o fabrica un violín. Concentradísimo, sólo después de un rato se da cuenta que ojos intrusos lo espían. Sigue su trabajo impasible, la espalda encorvada, la frente arrugada. Toca cuerdas, clava clavos, golpetea sonidos, en la soledad de su taller. Via Cimarra sigue y a mi derecha en un cuarto chiquito, con puertas de vidrio, veo tres hombres escuchando atentamente una lección sobre la cultura helénica.
 Via Cimarra me conquistó un poco. ¿Será porque cada vez que vuelvo veo al violinista empeñado en su instrumento, y a un grupo de gente que trata de entender a los griegos? Y casi nunca dejo de encontrar lo mismo, porque en Via Cimarra se detiene un poco el tiempo y nunca alcanza para tener el violín perfecto. Y mis pies siguen esta rutina que tanto les gusta, y lo que más sorprende no es lo nuevo, sino que las cosas se sigan repitiendo.
Pero saliendo de Via Cimarra encontrás la Piazza dei Zingari. La plaza de gitanos encuentros, de birras y ruido y agua que sale de la fuente. Zingari significa ‘gitanos’ en italiano. Pueblo diseminado, movedizo, misterioso. Algunos dicen que la palabra viene de ‘intocable’. De nuevo la larga dicotomía, quietud y movimiento, lo uno y lo múltiple, ¿conviviendo? Los veo en mi Via Cimarra y en Piazza dei Zingari, los veo en mi vida y en mis clases de filosofía.
Y pienso que después de este día nada vuelve a ser lo mismo, pero, ¿alguna vez lo es?


María Teresita Suriani