jueves, 9 de febrero de 2012

Glaciar (Guillermo Barber Soler)


Glaciar Perito Moreno,  Guillermo Barber Soler





Me pierdo en la visión de un glaciar. El gigante de hielo se me aparece como algo desbordante, proveniente de un lugar al que jamás tendré acceso, un lugar pasado, eterno, como mítico. Cada borde, cada arista,  es nomás un mero amontonamiento de partículas, acaso aleatorio, completamente prescindible. Pero a la vez – y esto es lo que cada vez  me asombra – cada uno de esos detalles, de esas puntas, giros, recovecos, manifiesta algo pequeño, como escondido, e inmenso por la profundidad de lo que oculta. La naturaleza está plagada de estos detalles, que invitan a trascendernos hacia el fondo oscuro que ocultamente revelan. Es que hay algo misterioso en la belleza, que nos muestra al mismo tiempo la fragilidad de lo contingente y la fuerza y patencia de lo necesario. Y eso mismo es lo presente en el gran enigma de la obra de arte, lo mismo que revela al Gran Artista detrás del universo, de las montañas, de cada arista del glaciar que frente a mí impone su Presencia.

Hoy ya no soy el mismo.



***



A los pocos días descubro escrito en la pared de un refugio:

“¡Bendito sea Dios, que habita cada piedra, cada planta, cada pájaro y cada arista de los glaciares, y que al mismo tiempo los desborda, como una profundidad de belleza y misterio impronunciables!”



Guillermo Barber Soler

miércoles, 8 de febrero de 2012

Giró (Lucía Nazar Anchorena)






Giró, me miró con rabia y se fue sin decirme nada cerrando la puerta de mi cuarto de un portazo. Yo muda, con la cuchara en la mano.


¿Cómo podía saber que le iba a molestar que me comiera el flancito? ¿Acaso todas las cosas que hay en la heladera de mi casa tienen nombre y apellido? No, ¡no! Entonces, de nuevo, ¿cómo podía yo adivinar que ese flancito no me lo podía comer? ¿No se supone que en la convivencia familiar todo es de todos? Obviamente gastronómicamente hablando. Lo que está en la heladera es propiedad de TODOS. Sí, de todos y es la ley de la selva: el que llega primero se lo queda.


Lo peor de todo es el silencio, prefiero que me insultes, que me grites, pero que no me digas nada…. me llena de inquietud, de culpabilidad. Es cierto, tal vez tendría que haber preguntado antes, porque no suelen haber flancitos en la heladera, tal vez lo habían comprado así como compran de vez en cuando una coca cola… pero bueno, al fin y al cabo es un flancito. Fue un momento de necesidad, de querer “algo dulce”…debilidad, antojo… es un flancito che…


El silencio fue más fuerte, salí y le compré otro. Se lo dí, y no le dije nada, a ver si la  inquietud y culpabilidad la visitaban. Cosas propias de la convivencia familiar ¿no?


Lucia Nazar Anchorena.





Giro (Mechi Palavecino)

La estrella, de Edgar Degas




Necesitás hacer una cuarta firme, segura. Sin eso, te va a faltar impulso para hacer un giro completo. Armá los brazos, mirá a un punto fijo hacia el cual te dirigís. Si no, vas a tambalear y, tal vez, caigas.


Muchas veces bailamos: en la vida, en el pensamiento, en las acciones. Queremos cambiar, dar un giro, pero para eso necesitamos una postura firme, una base a partir de la cual movernos. Es raro que los cambios los hagamos arrancando todo de raíz, siempre hay vestigios de lo anterior.


Es peligroso el giro. Cambia mucho las cosas, dependiendo de cómo éste sea. A veces pensamos que cambiamos porque el impulso del giro fue grande y, sin embargo, giramos en el lugar. En este caso, el cambio es interno: de una base firme, un pensamiento, fui buscando nuevas respuestas en distintos lugares que me condujeron nuevamente a él, redescubriéndolo.


Otras veces con un giro nos trasladamos, ahí el cambio nos lleva a otro lugar. Partimos de un pensamiento, pero al explorar llegamos a nuevas ideas, un vuelco en la vida, decisiones importantes.


Finalmente nos preguntamos ¿hacia dónde queremos dirigirnos? ¿Qué buscamos? Nunca damos un giro si la pregunta no está planteada; no hay giro sin búsqueda, sin un punto al cual dirigirnos. No hay giro sin valor: siempre está la posibilidad de caer, y siempre, la posibilidad de levantarnos. Para ello, tener valor es necesario.


Sin giros, un baile pierde parte de su belleza. El giro provoca una tensión que al desenvolverse brinda armonía a la totalidad, una terminación más perfecta. Es un movimiento en tierra que busca elevarse. Con el pensamiento, en estos giros, estas búsquedas, intentamos elevarnos a la verdad, acercarnos, sondearla y luego adentrarnos en ella. Todo depende si estamos realmente dispuestos a dar un giro.



Mechi Palavecino

Gesto (Clemencia Campos)




Un gesto



Una mueca de risible infante
Te ilumina,
Y hace visible un gesto,
Que libera una guerra interna,
Un mensaje subliminal,
Que hace posible un intento a luchar.




Disparas  un secreto tras esos ojos trashumantes,
Que manejan un barco
Sin timón,
Sin destino,
Sin horizonte.



Perdidos…



Una nueva paleta de colores se cosecha.
Una nueva tela desprolija y vacía se despierta.



Existe un mar de zafiros,
Que pregunta,
Qué será de esos dos
Que en la noche se desvelan,
Intentando buscar la tierra vestida de magenta,
La tierra nueva.



Existe un mar de zafiros
Que alguna vez fue agua,
Y el agua fue lluvia,
Y la lluvia fueron gotas…




“Glu-Glu-Glu”
Suspiran las gorgoteantes gotas de la gotera de la nube.
Gordotas, y glotonas, que revueltas en goce, con gracia,
Resbalan por el arco iris colorido
Gritando su final y lento suicidio.



Siendo gota, hubiese preferido la guillotina.





Clemencia Campos

martes, 7 de febrero de 2012

Generosidad en Granos para Guatemala (Marcelo Gobbi)

http://hemisferiosud.blogspot.com/2011/09/la-mula.html




Devaluados, pesificados, así y todo hemos logrado volver a París, sueño de todo pequeño burgués sudamericano. Un insensible no nos ha citado en Café de Flore ni en Les Deux Magots sino en Starbucks. Es como si en San Juan de Puerto Rico te invitaran a comer goulasch en un restaurante de la colectividad húngara.
Al lado del azúcar y de los palitos para revolver, veo un folleto sobre la red Commerce Équitable, que esa cafetería integra. Parece que semejante organización busca asegurar un precio “justo” a los productores de café en lugar de pagarles lo que indique el perverso mercado. En el folleto se muestra la foto de Santiago y su familia, cuarta generación que viene trabajando en los cafetales bajo el duro sol guatemalteco (el epíteto, lo de duro, lo puse yo porque me lo imagino pero jamás he estado en Guatemala). En la foto están todos sonrientes. Parece un aviso de pasta para dientes. La publicación informa que, gracias a Commerce Équitable, Santiago aumentó sus ingresos y pudo comprarse una mula. Con urgencia busco en el teléfono el significado de mule, por las dudas hubiera entendido mal el francés. Sí, sí, quiere decir mula, nomás. Y une quiere decir una. Una mula.
Nos alegramos. Ahora que disponen entre todos de semejante equipamiento, los hijos y nietos de Santiago ni pensarán en abandonar su actividad para estudiar medicina, desarrollar software o instalar una cadena de cafeterías en el primer mundo. Serán como su colega colombiano Juan Valdez, que los madrugó como treinta años en esto de ser feliz.
Los franceses también se felicitan por hacer realidad, por fin, los ideales solidarios e imaginativos del 68, ahora bajo el atractivo nombre de responsabilidad social empresaria (concepto parecido al de “literatura comprometida” que Borges comparaba con el de “equitación protestante”).
Pensándolo bien, es preferible que  se queden en Guatemala con la mula a que sigan fatigando quenas con la insoportable canción El cóndor pasa, que hace cuarenta años se resiste a desaparecer de los bulevares de París. Siempre sonará El cóndor pasa a menos de tres calles de distancia de cualquier punto ya sea que toquen hondureños, bolivianos,  sanjuaninos, hasta se la he escuchado a una colorida banda senegalesa.
El hecho que refiero sucedió en enero de 2012 en el Boulevard Saint Michel y decido conservar el folleto como una señal de mi dificultad para comprender el rumbo que va tomando este planeta.


 Marcelo Gobbi









Gaucho (Héctor Makishi Matsuda)

 


Yo soy tu gaucho…
Interpretación en clave gaucha de “I am your man” de Leonard Cohen.








Si querés un amante, (como los de antes)
     tus caprichos son mandatos para mí


Si querés otra clase de amor (con estupor)
     arrearé mis demonios para vos. 


Si querés un payador (peleador)
     afilaré mi facón con vos.


Si querés un matasanos (bien anciano)
      examinaré cada milímetro de vos.


Si querés un compañero (bien certero)
     tomá mi mano,
caminemos, paisana mía,
      entre las pampas del silencio,
      porque..
      “Aquí estoy… yo soy tu gaucho”.





Oh, mi china querida,
        cuántas lunas quemaron mi espalda
        sin llegar a vos.
Me arrodillaría si fuese necesario 
           y caería a tus pies,
      aullando tu belleza
     como un lobo estepario
que se prende de tu corazón
y así, fijamente, te diría:
     “Miráme bien, yo soy tu gaucho”



Héctor Makishi Matsuda



lunes, 6 de febrero de 2012

Gastar (Angeles Smart)

Ekeko (Dios de la abundancia), Carnaval de Oruro, Bolivia.


La niña seguía sentada, con la rigidez de la muerte, sosteniendo los fósforos en su mano, un paquete de ellos gastado. (H.C. Andersen)





     El chico que vuelve a sacar de la bolsa de cosas para regalar un buzo impresentable, agujereado y todo gastado. Las mil excusas del más vago de los hijos que, ¡increíble!, aún siguen teniendo efecto a pesar que  fueron usadas (ya no podemos contar) cuántas millones de veces. Mamá que sólo va a la zapatería cuando los zapatos no dan más, se lleva unos nuevos y le deja a la vendedora para que tire aquellos que por un año no abandonó y le quedan tan cómodos porque están absolutamente gastados. La anécdota por centésima vez narrada, por un abuelo que cada domingo disfruta de la paciencia y siempre renovada admiración de sus nietos. El mal chiste, malo malo y persistente, que siempre cuenta el novio mientras la novia lo contempla obnubilada.
     No sé porqué al verbo gastar se lo usa las más de las veces seguido de la palabra plata. Cuando la plata es justamente lo que menos queremos  y ese gastarla significa siempre "dejarla en manos de otro". Pero aquello a lo que nos apegamos, aquello que nos cuesta abandonar, aquello irremplazable y sin valor de cambio realmente lo gastamos, y gastamos, y gastamos. Hasta que no, no aguanta más. Hay ciertas regiones, por suerte, donde la inoperancia de la publicidad y la esterilidad del consumo todavía son inapelables.
     Andersen nos cuenta que la niña de los fósforos sólo gastó un paquete para calentarse, pero que aún tenía unos sueltos todavía en su delantal.  Cada uno de los fósforos prendidos le significó un mundo de fantasía que la dejó tan inmóvil que finalmente le llegó la muerte. ¿De qué dependería cada uno de los sueños desplegados? ¿De cuál de los fósforos encendía o del momento en que lo hizo? ¿De lo que ella estaba interiormente esperando? ¿O de una propiedad natural del pedazo de madera? Mi duda es qué había en los fósforos restantes...
    E. Husserl nos propone el procedimiento de las variaciones imaginarias como un medio para encontrar aquello invariable que permanece a todos los cambios. Así, cuando llegamos a aquello que es constante, que no se altera a través del proceso, se nos manifiesta lo que le es propio a una esencia. La reducción eidética es la conclusión de un largo camino, donde a prueba de ensayo y error, nos apoderamos de lo fundamental de una idea. Pero es en el proceso -gradual y no sin esfuerzo- donde vamos descubriendo la riqueza y profundidad que ésta contiene. Para conocer realmente el mundo, hay que gastar todas y cada unas de sus íntimas potencialidades.
     Capaz que  en el próximo de los fósforos estaba el camino para que la niña sobreviviera al frío y a la pobreza. Si hubiera resistido un poco más y se hubiera aferrado al último calor los podría haber usado todos.
     Tal vez aparecía más de lo mismo. Pero, tal vez lo otro.

Ángeles Smart