domingo, 24 de noviembre de 2013

Zulo ¿Contrafáctico? (Maximiliano Hünicken Segura)


María Helena Aldao de Hünicken, Interrogatorio



 Retumba la insolencia y el descaro de aquella envenenada humanidad, que pretende de sus mortajas sagradas,  las astillas del último madero en pie. Cristo ante un humillante interrogatorio, carcajadas y dubitativas miradas tras su paciente mirar. Se mantiene erguido y  responde sucintamente.  Quienes lo rodean son hijos de un tiempo, y litigantes de profesión, se abrazan al madero, pero cuando la concupiscencia los ha demolido en su aflicción. Cristo sigue paciente y angustiado, porque ya no es tan sólo la milicia y la realeza, sino la misma muchedumbre que hace unos días lo aclamaban en los Olivos. Y se pregunta el interlocutor de los contrafácticos: ¿Si Cristo se hubiera escondido en un zulo, se habría salvado, y además no hubiera llegado a las tibias manos de Pilato? No será la restrictiva lógica, ni la sistematicidad hegeliana, la que busque una pausible Síntesis. Como tampoco podrá embaucarnos la historia unos cuantos años después, cuando se  diga de un tal Benito Spinoza: “Spinoza no fue jamás un buen judío, ni un buen cristiano”.*     Justamente Cristo fue y será un buen judío y el mayor hermano, que buscó en sus moralejas simples y profundas el panteísmo del amor. ¡Un zulo para mi Cristo el interrogado!, sí, es un deseo como lo indicara Mario Bunge cuando nos habla de los contrafácticos. Pero no es lícitamente ese  tipo de habitáculo el que necesito, sino la metáfora de un madero ensalzado que me cobija de la estética pictórica y real. Un refugio para los murmullos y los temores sacros y secularizados, que aprisionan y no caben en aquel agujero, con un aroma a santuario

                                                                                            
Maximiliano Hünicken Segura



*Montero, Belisario J, La Filosofía del Doctor Plaza, Apud Conversaciones Sobre Filosofía y Arte,  La Académica, Buenos Aires, 1924


  

   

sábado, 23 de noviembre de 2013

Zozobrar (María Sol Rufiner)





El año termina, y nos encontramos zozobrando victimas de un naufragio, de esperanzas y sueños que el cruel tiempo devoró. Pero ¿víctimas? ¿Es así que se ha de mirar este naufragio, o cada año, cada día es una nueva oportunidad?  Así como Robinson Crusoe, el zozobrar nos da la oportunidad de redescribir, de revalorar, y de volver a asombrarnos con lo nuevo de un lugar que es tan viejo y conocido como nuestro hogar.
Por eso es fin de año, y sentimos que nuestro barco nos va a llevar a zozobrar, pero sólo la oportunidad de volver a empezar, de encontrar la nueva aventura que la vida nos invita a transitar. Porque esto no es el principio del fin sino simplemente el fin del principio.


María Sol Rufiner


Zozobra (Paola Ambrosoni, bis)



W. Turner, Barcos holandeses en una galerna (Ilust, blog)




¿Y  qué estás esperando,
Con todo tu velamen recogido?
Estás en altamar y sopla fuerte,
El viento es poderoso, ya sé que te da miedo

Pero, ¿sabés qué pasa cuando no levas el ancla?
¿Sabés que pasa si no desplegas las velas?
                                                 Zozobras,
                                                                Zozobras,
                                                                               Zozobras.



Paola Ambrosoni



viernes, 22 de noviembre de 2013

Zozobra (Josep Comas)






(Viene de "Yesca")

¿Tenés fuego, pibe? Gracias. ¿Hace cuánto laburás en el mar? ¿Y no te cansás? Escuchame una cosa. Yo sé que vos vivís alegre. Sos un optimista. Sí, sí, no te me justifiques. Yo te veo. Vos… creés. No, está bien, no tiene nada malo confiar en la humanidad. Está bien, vos decilo como quieras. Son palabras. Yo te veo todos los días la sonrisa. Vas atrás, a popa, y mirás al horizonte, mirás como mira cualquiera, pero es como si te brillaran los ojos, eh. Todos vemos el mar y más mar, y vos es como si vieras algo más. ¿Estás enamorado? Claro, claro. Pero vos escuchame, pibe: yo te voy a contar la verdad de la milanesa: es todo un engaño.
¿Vos podés creer, boluda? No tiene sentido. Cuando volví de ducharme ya no estaba. ¡No estaba! ¡Sí! Después de haber pasado toda la noche juntos, y toda la mañana siguiente, y la tarde. Ya se estaba haciendo de noche. Y vuelvo, y no estaba. No, nada: ni una notita, nada. Bah, sí, se dejó el sombrero. Se lo habrá olvidado. ¿No? ¿Vos decís? Bueno, sí, a lo mejor tenés razón, y quizá me lo dejó como señal de algo… Pero de qué, no sé. Y esto fue hace como un mes ya, no sé. Señal de qué, ya no me importa. A ver, esperame un toque que abro la ventanilla. Perdón, es que me estaba mareando. Cómo manejan estos colectiveros también... bestias.
Y esa es mi historia con esta mina. ¿Entendés? Moraleja: no hay dónde sentar cabeza. ¿Me seguís? No es que uno no quiera: el lugar es el problema. No hay dónde. Bueno, a ver. Claro que hay lugares. Hay lugares para llenar, digamos, pero no lugares que llenen. ¿Me entendés? Estamos perdidos. Estamos en el desierto, me decía ella. Y yo le decía que todavía quedaba la paciencia. Pero la verdad, pibe, que la paciencia se pierde. La paciencia se pierde, y cuando se pierde, se pierde uno también. Estamos perdidos. No, en serio te digo: mirá cómo se acerca esa tormenta. ¿Decís que aguanta el barquito este?
Mirá, si te soy sincera, aunque me lo negué en todo momento, sin querer le puse un poco las fichas. Tuve, mal que me pese, una cierta… esperanza. ¿Pero tan mal estaba? El chabón tenía algo, te juro. Sentí que era diferente, que no era uno cualquiera. Que no era un nadie. Alguna vez te debe haber pasado. No sé para qué mi ilusioné. Y lo peor es que sigo intranquila, como cuando salí del baño y no lo encontré en ningún lado. No es la impotencia, sabés, es peor. Es la imposibilidad absoluta. Es… angustia. No sé para qué me meto en estos juegos. Qué sentido tiene. Escuchame, estoy llegando al consultorio este, al laboratorio, o como se llame. Ahora te vuelvo a llamar desde ahí.
Disculpame, pibe. Nunca me pasó así. Vomitar de esta manera. ¿Pero vos viste esas olas? Bueno, ya pasó lo peor, parece. Ahora sólo cae una llovizna. Vení, volvamos afuera, sobre cubierta. No sé, es como si todo esto me excediera. Yo no decido en lo que me pasa. Siento que otros, otras personas, otras fuerzas, tejen los hilos de mi vida. Por eso a veces las elecciones fuertes, radicales, me parecen la única opción. Me hacen sentir libre. Y en seguida me doy cuenta que caigo de nuevo en la trampa. Las historias  se repiten. Los mismos errores del pasado, propios y ajenos, uno los vuelve a cometer. Nada te salva. Ni siquiera el mejor samaritano te alcanza. Te pueden recibir sin condiciones, te pueden reconocer y todo, te pueden hacer sentir parte de algo. Pero todo se hunde.
Sí, sigo acá, todavía no me dan los resultados. No, pasa que la semana pasada me hice unos estudios porque estaba mal. No sé, boluda, anémica, o algo. Quizá estaba somatizando el tema este del flaco, la frustración. En mi locura, hasta pensé que quizá me había contagiado algo. No sé, algo. Una enfermedad venérea, qué sé yo. Y sí, si ni lo conocía al tipo. Confié en él, pero andá a saber quién era en realidad, qué hacía, dónde se movía. La cuestión es que sigo mal. Ahora mismo me siento pésimo. Como con el estómago revuelto. En la imprenta la estoy pasando mal: mucho esfuerzo el laburo, el olor fuerte de la tinta, y además todo encerrado. Ayer vomité, y me hicieron limpiar todo, ¿podés creerlo? Con lo mal que estaba. Y después me mandaron a casa. Decí que hoy falté para venir acá.
¿Vos te peleaste alguna vez? Yo, te voy a decir la verdad, solo una vez. De chico, en la primaria. Pero después de esa pelea siempre sentí que de alguna manera vivía peleándome. No con la gente. Se me ocurre decir con la vida, pero no, tampoco. Conmigo mismo quizá. Obstinándome en ser yo mismo. No sé. Peleando por nada, contra nadie. Como caminando a los tumbos. O mejor: navegando a la deriva.
Es que, vos decime ilusa si querés, pero fue todo muy vívido, muy real. Desbordante. Parecía realmente el principio de algo zarpado. Nunca viví algo con esa presencia, con esa intensidad. La atracción física era tanta, que era mucho más que física, lo carnal más que carnal era como espiritual, no sé cómo decirlo. Y a su vez, el vínculo más intelectual, bah, no… psíquico, no sé, o espiritual también, era tanto que era también físico. ¿Me entendés?
¿Pero sabés qué? No todo es feo. Hay palabras lindas para expresar incluso lo horrible, lo peor. ¿No te gustan las palabras? Yo cuando me marcan las guardo. Te voy a decir la verdad: soy un tipo desapegado, desprendido. Pueden sacarme todo y no voy a chistar. Las cosas no significan nada. Con lo que me gustan los libros, si me lo pidieran, no dudaría en no volver a leer jamás. ¿Y qué más hay? ¿Las relaciones? Mirá, nada es completamente necesario. Relaciones puede haber otras. Nuevas, qué sé yo. O no, quedarte solo, que es lo que pasa generalmente, en verdad. Y no está tan mal. Yo conocí un viejo, en el Perú, que… Me estoy yendo por las ramas. Ese no era mi punto. Yo lo que quería decir es que pueden sacarme todo, pero todo, eh, menos las palabras. Y mirá qué hay lindas palabras incluso para describir lo que estoy contando. Desasosiego, por ejemplo. Naufragio; es un poco fuerte, muy sonora, pero linda también. Otra que me gusta es incertidumbre.
¿Vos decís que se fue por culpa mía? O sea, que el tipo no estaba loco, sino que se dio cuenta que la loca era yo y piró… Quizá me vio a la defensiva, o mala onda, o vulnerable. Cualquier cosa. No sé, quizá se espantó. Era alguien y ahora es nadie, pero porque yo lo hice nadie. No, escuchame, no digo boludeces. Le transmití mi ser nadie. O lo aburrí. Yo era demasiado poca cosa para él, tal vez. Ay, no sé. ¡No sé! No sé ni por qué se fue, ni por qué me amargo tanto. Si no era nadie… En fin. Ahora acá estoy, sola otra vez. Por suerte vos me escuchás. ¡Uy!, ahí dijeron mi nombre, te tengo que dejar. Chau, un beso, gracias por estar.
Pero si vamos a ser sinceros con la incertidumbre, hay que permanecer abiertos. Siempre hay un quizá, ¿no? Las posibilidades se reducen, es verdad, a medida que uno crece y envejece y se acerca a la muerte. Pero yo no sé si se quedan truncas. Hay que dejar abierta la posibilidad de lo imprevisto. Es que sí, a veces suceden cosas que… son imposibles. De cualquier manera, no creas que soy como vos, eh. Yo no pongo la esperanza en nada, a esta altura. La noche es demasiado larga. Demasiado oscura. Nos perdemos, estamos a la deriva, damos vueltas en la noche, sin ton ni son, de aquí para allá. ¿Para qué? Para nada. Si, al fin y al cabo, sucede la última imprevisibilidad y morimos, como consumidos por el fuego. El fuego de la vida nos termina matando. Aunque un fuego puede prender otro fuego. Es verdad que uno no sabe las influencias que puede generar, las fuerzas que puede poner movimiento. Uno no sabe lo que provoca por fuera de sí mismo. Quizá nuestros actos más libres nos resulten invisibles. Pero da igual, ¿no? Si son invisibles. Y el fuego al final siempre se extingue. ¿O no?
¿Qué tal, doctor? Y, más o menos, vengo un poco mareada. Le traje los resultados del estudio que me pidió. Sí, acá tiene, tome. Ajá. Sí. Bueno, ¿y todo eso qué quiere decir? ¿Si estoy en pareja? No... ¿Qué tiene que ver? No, no uso ningún tipo de anticonceptivo. ¿No vio mi historial clínico? No hace falta: hace diez años que sé no hace falta. ¿Qué quiere decir con que es una situación fuera de lo normal? ¿Qué me pasa? ¿Cómo que un “imprevisto”? ¡¿Qué?! Pe… pero es imposible, debe haber algún, algún error… ¡No puede ser! ¿Pero estos resultados son definitivos? Vos me estás diciendo que voy tener un hijo…

Josep Comas

jueves, 21 de noviembre de 2013

Zote (Lydia Zubizarreta)


Lydia Zubizarreta, Cerca de la cascada




Era febrero y el río tenía poco agua.  Podíamos caminar por las piedras grandes y lisas que formaban amplias plataformas un poco resbaladizas.  Jorge y yo, con nuestro hijo Pablo que era un adolescente, habíamos salido a la mañana en lancha y estábamos explorando este río al fondo del brazo Tristeza, en el Nahuel Huapí.  El paisaje me fascinaba.  Observaba con ojos de artista- obediente al consejo de Cézanne - la vegetación múltiple, los colores, las luces y sombras.  Mi memoria no alcanzaría a retener tanto, yo lo sabía, pero me esforzaba.  Sentados en el medio del lecho, totalmente desprevenidos,  de pronto nos cubre una sombra que atravesaba de lado a lado el arroyo.  Alcancé a verlo, pasada la sorpresa: era un ave enorme.  ¿Sería un cóndor bajado de lo alto?  Nos pusimos en marcha río arriba para reencontrarlo.  Cerca de la cascada vimos un pajarraco negro, quieto, manso.  Al tiempo nos convencimos de que era el mismo que hacía unos minutos nos había impresionado tanto.  No volvió a volar.  Era un jote y, en tierra, un zote.
 
Al recordar esta experiencia pienso en el “Albatros” de Baudelaire.  Admiro la comparación que hace el poeta: “Aves de los mares….reyes del ´azur´…este viajero alado….desafiante de tempestades….exiliado en el suelo….sus alas de gigante le impiden caminar.”  El poeta, el albatros, aquél del alto vuelo, vuelto torpe, inadecuado, incluso ridículo.

También el cisne, con su deslizar majestuoso, que impulsó a componer la divina música a Camille Saint-Saenz, cuando camina en la orilla no pasa de un ganso.

¿Qué pensar?  Decía Balthasar Gracián que necios son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen.  Pero un zote no es un necio.  En cualquier momento puede revelarse en poeta y levantar vuelo cubriéndonos, desde su altura,  con su sombra.


Lydia Zubizarreta

 *adj. Ignorante, torpe. También com.: no puede comprender estos conceptos tan elevados porque es un zote. (Diccionario Espasa-Calpe) 

Zonzo (Santiago Vorsic)


http://www.taringa.net/posts/imagenes/15022123/Wallpapers-cachorros-en-HD.html


¡Malditas ilusiones! ¡Es la última vez que se acuestan en mi ropa limpia y la llenan de pelos! Estoy cansado de que coman todo el tiempo compitiendo conmigo y que desordenen todo, que desparramen todo ¡No puedo soportar más que rasguñen mis puertas y les saquen astillas! ¡No aguanto más ver los muebles mordisqueados en todos sus extremos! ¡Ahora son cachorros, qué va a ser cuando crezcan! ¡Esto llegó a su fin! ¡No puedo vivir más así! ¡No soporto más!
¡Mugrosas bolas de pelo, es la última vez que se burlan de mí! ¡Ya está decidido! Nada me va a hacer volver atrás ¡Se acabó!
Los agarré a los miserables y los llevé juntitos todos al auto. Correteen ingenuos, ladren y estiren la lengua por la ventana ¡no saben lo que les espera! Ya no van a desgarrar más el tapizado, no voy a tener que bancarlos dando vuelta entre mis piernas cuando manejo, ni saltando sobre mi pecho, ja ja ja.
Sólo unos 30 km más, nunca van a ser suficientes. Más, más y más lejos de casa ¡No los quiero ver volver! Todavía un poco más profundo en la ruta, donde no haya ni casas ni árboles donde puedan refugiarse, ni animales que puedan cazar. Que las inmensas extensiones los agoten y les quiten, de una vez por todas, el ánimo y también la vida.
Hasta acá está bien. Paremos en la banquina con el motor aún encendido que voy a sacar mi arma secreta. Ja ja ja ¡Vengan! ¡Vengan! Salgamos al fin. Ja ja ja. Miren la ramita ¿Les gusta la ramita? ¿La quieren? ¿La quieren? ¿Me la van a traer? Ja ja ja. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Allá va la ramita! Ahí bien lejos, llegando atrás de los arbustos. Ja ja ja ¡Que tontos! Ja ja ja. Piérdanse tranquilos que yo me voy.
¡Vamos! ¡Rápido! ¡Acelera! Retomemos el camino ¡Adiós queridos! Qué pequeños ya los veo en los espejitos retrovisores ¡Al fín! Ja ja ja ja ja ja ¡Adiós y hasta nunca! Quisiera ver sus caritas tristes…
¡Ya soy libre! Tengo tiempo para terminarlo todo ¡Ordenemos! ¡Limpiemos! ¡Cuanta paz! Ja ja ja.
¡Momento! ¿Qué es ese rasqueteo? ¡Oh, no! ¡Ahora ese golpeteo de patitas suaves! ¿Quién anda ahí? ¡Dios mío, que no sea!…
¡Y ahí están! ¡Que ojitos hermosos tienen! ¡Que mansitos que están! ¡Vengan, déjenme acariciarlos! ¡Déjenme hundir mi nariz en sus cuellitos peludos! ¡Que bonitos cachorritos son! ¡Vamos! ¡Desordenen todo! ¡Deshagan todo! Ja ja ja ja ja ja…


Santiago Vorsic



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Zonificación (Marcelo Gobbi)

http://www.aporrea.org/regionales/n232363.html (Ilust. Blog)




En una magnífica alegoría del desarraigo, Facundo Cabral solía contar que en su pueblo había una única calle a la que un intendente progresista hizo de una sola mano. Por eso, decía, todos aquellos que se habían ido nunca pudieron volver sin cometer una infracción de tránsito; para entrar debían pagar una multa.
Acaso esa historia fuera producto de la imaginación de nuestro amigo cantor, pero en mi pueblo tuvimos de verdad, hace como treinta años, un episodio de desatino municipal bastante parecido.
Un gobernante consideró que a ninguna ciudad moderna podía faltarle una calle peatonal. La idea en sí era algo curiosa (en los pueblos muy poca gente tiene el hábito de caminar); su ejecución lo fue todavía más. El estadista mandó construir un paseo de longitud bastante modesta: apenas una cuadra. Lo llamativo es que eligió una que estaba edificada de un solo lado porque del otro había una plaza, que ya ofrecía suficiente espacio para andar, precisamente, de a pie.
El lugar tampoco parecía muy atractivo para que los vecinos hicieran tours de compras: en esa cuadra unilateral sólo había una relojería y la oficina del PAMI.
El paseo fue iluminado tan exageradamente que el reflejo se veía desde cualquier parte del pueblo e incluso desde la ruta. Como a todo se le encuentra alguna utilidad, el adefesio no dejó de tenerla. En medio de la Pampa Húmeda, bien lejos del mar, tuvimos nuestro faro, capaz de indicar al forastero adónde quedaba la plaza. Cumplió también con la tarea de atraer una buena cantidad de mosquitos en verano, que encontraron al lugar más atractivo para concentrarse que los patios y los dormitorios. Estas criaturas, al parecer, resisten bastante bien el encandilamiento.
La obra hizo un aporte memorable a la paradoja: nuestra cuadra más céntrica fue también la más desolada.
El portento lumínico y la ausencia de seres humanos estimularon el ingenio pueblerino. Llamábamos al lugar lunita tucumana, porque alumbra y nada más.
La vida imita al arte. Pero es infinitamente más impredecible.

Marcelo Gobbi